OPINIÓN

Míchel asalta a Xavi y el Barça pierde su pasado

Michel y Xavi antes del partido saludándose. /AFP
Michel y Xavi antes del partido saludándose. AFP

El Barça vive inmerso en un estado ciclotímico que se miente constantemente, como si fuese una persona enganchada a algo que no puede dejar y que le lleva de la euforia a la desidia máxima en cuestión de segundos. No hay grises cuando se habla del FC Barcelona; solo negros y blancos que inundan cualquier debate, transformando la semana de cambio que suponía el gran partido ante el Atlético de Madrid en un letargo continuado que el Girona de Míchel, vestidos de blanco para hacer creer que en realidad el rival era otro, ha acentuado con un triunfo que, ahora sí, sitúa al Girona como candidato al título.

Lo sitúa porque han ganado, pero sobre todo porque han ido al campo del Barça a ganar como hace un tiempo lo hacía el Barça, en un ejercicio memorístico de primerísimo nivel. No se le puede negar el gesto a Míchel, que ha hecho recordar un fútbol ya olvidado en Can Barça, trasladando a los desgastados ojos de los culés una forma de moverse, pasar la pelota y relacionarse que evocaba otros años. Los años felices. Ver al Girona hacer esto en el feudo azulgrana es como asistir a una comida familiar sin ti, viendo a un actor suplantando aquello que te era sagrado. El Barça se ha quedado sin voz y el Girona le ha recordado por qué durante años fue tan feliz. El dolor es doble.

Si algo caracteriza a este Barça es que es un equipo que ante la falta de juego siempre ha tirado del orgullo herido para reponerse y suplir la falta de juego. Ante el Girona fue distinto. Míchel asaltó el Camp Nou vestido de algo que antes era seña de identidad azulgrana, y el espejo fue tan bestia, tan contundente en la imagen deformada del Barça, que los de Xavi no tuvieron ni épica aún con el amago de Gündogan. El Barça no solo perdió el partido, perdió sobre todo el relato y la fuerza de un discurso que solo existe en las ruedas de prensa. En el campo, el equipo lleva tiempo sin saber a qué discurso ceñirse.

El fútbol es un juego de espacios. Y el Barça parece no entenderlos, como si las reglas del juego no casasen con la forma en la que el equipo los entiende. En vez de minimizarlos cuando el rival tiene el cuero, los amplia eternamente, estirando cada metro como un chicle que se les atraganta. Y en posesión de balón, lo que antes era la piedra angular del FC Barcelona, el Barça los acorta, los ahoga con jugadores que se pisan y no se benefician. De repente, el equipo ya no sabe cómo hacer aquello que defiende en su discurso, y entre el dicho y el hecho, el trecho cada vez es más grande, insalvable cuando delante tiene un equipo que juega tal y como lo dice, aunque la humildad de Michel rebaje el tono de un fútbol sin pudor.

En las fotos familiares el Barça muere de nostalgia por un pasado que tuvo y que perdió, un tierra prometida que dijo ser eterna y que descubrió que, como todo lo bueno, es efímero, tanto que uno nunca se percata cuando se marcha. El juego que un día lucieron es ahora un lema, una suerte de recordatorio de lo que un día fue y ya no es. Y mientras el FC Barcelona trata de llegar a lo que un día fue, el Girona parece haber aterrizado, robando al Barça un discurso que en Catalunya era hegemónico. El Girona ha saqueado el corazón del Barça y le ha robado sus memorias justo el día en el que tocaba reivindicarlas. ¿Qué hacer cuando te roban tu identidad?