OPINIÓN

La penitencia del Real Madrid es el regalo del Barça

Los jugadores del Barça celebra la goleada al Madrid en el Bernabéu. /REUTERS
Los jugadores del Barça celebra la goleada al Madrid en el Bernabéu. REUTERS

En una semana en la que muchos miraban con sorna al Barça esperando su caída, vaticinando un golpe que debía darse aún con la realidad del equipo como prueba de su nivel y estado de forma, los de Hansi Flick se guardaron el mejor truco para el último acto, como los buenos magos. Tras acabar 0-0 el primer tiempo, con unas sensaciones encontradas entre lo que se buscaba y lo que se obtenía, los blaugranas destrozaron al Real Madrid de las estrellas con un fútbol nacido en La Masia, moldeado durante años de inferioridad y sufrimiento, de un padecer que hoy ha explotado en forma de goles, valentía y fútbol. Han bastado 45 minutos para una orgía que ha minimizado hasta la nada al Real Madrid campeón.

En una semana el Barça ha matado a dos monstruos de un plumazo, con un disparo certero y lleno de convicción. Bayern y Real Madrid en verano lucían musculados y esbeltos, el Barça pequeño, temeroso de un futuro incierto. Es bastante irónico que quien más énfasis hizo en La Masia fuese, precisamente, Hansi Flick, un técnico alemán que tiene cara de profesor tranquilo. Mientras el entorno se rasgaba las vestiduras ante el "no" de Nico Williams, el entrenador no hizo más que alabar un talento que para muchos no era tanto, o tan bonito, en un ejercicio muy culer de menosprecio por lo que se tiene. Y Flick, que en un pasado fue villano, se ha transformado en héroe con ocho goles en dos partidos a Bayern y Real Madrid, encajando un tanto con la línea defensiva más cerca del portero rival que del propio. A los traumas se los mata mirándoles a los ojos.

Este partido tuvo mucho de mensaje cifrado, de cuenta pendiente. En la víspera del Balón de Oro de Vinicius, del Real Madrid de Mbappé y con un centro del campo repleto de músculos y kilómetros como para hacer cuatro maratones, el Barça salía con Casadó y Pedri, centrocampistas menudos, de porte escuálido, aniñados al lado de bestias como Valverde, Tchouameni o Bellingham. Y sucedió que Pedri, al que desde el Bernabéu se le ha visto como una muestra de marketing infinita, resolvió cada posesión con criterio, uniendo a su equipo mientras el suyo, huérfano de Kroos, no daba cinco pases con sentido. El madridista no entiende a Pedri cuando Pedri sería parte de la solución a sus problemas. Y Casadó, que exorcizó a Kimmich el miércoles, ya es aquello que nunca imaginamos. Es la definición de un equipo sin techo ni medidas que crece con cada minuto.

Asistió Casadó, lo hizo Balde después y lo remató Lamine Yamal con la diestra, su pierna mala, por ponerle un nombre, celebrándolo luego como Cristiano Ronaldo. A Lamine le da tiempo a inventar goles y relatos, porque con 17 años ya tiene su primera imagen icónica en el que hoy fue su patio. En realidad, el 0-4 es el triunfo de La Masia y la pobreza, en un Barça forzado a mirar en casa, negado a estrellas y focos, con algo que para el resto sería una penitencia y para el Barça es un regalo. Solo así el Barça puede ir al Bernabéu con niños que ganan como mayores, porque el mérito de Flick es no renunciar a la ilusión del niño que todos llevamos dentro.

El fútbol da muchas vueltas y las alegrías, aquellas que te corroen por dentro, apenas duran horas, minutos a veces. La vida nunca tarda en pegarte un sopapo. Por eso hay que celebrar el nacimiento de este Barça como si cada partido llevase un título inscrito, empezando por el poder simbólico, y real, que tiene golear en el infierno con niños que llevan tatareando el himno del Barça desde que tienen uso de razón. A ver quién es el listo que se atreve a cuestionar si Flick es o no estilo Barça. El mejor profesor de la historia.