Detrás del sextete de Hansi Flick: una realidad de la que el Barça debe huir
El técnico alemán llegará con el objetivo de revitalizar el equipo azulgrana.

En muchas ocasiones, los títulos son un problema. Lo son en tanto que representan un éxito definitivo, tangible y poco menos que insuperable. Ante el metal, uno se pliega como lo hace ante aquello que es Divino, sobre todo si el tiempo se va alargando y lo que queda en la memoria es el contorno de la idea más que la propia idea en sí misma. Por ello, el Bayern de Hansi Flick, que trituró a sus rivales entre 2019 y 2020 para ganar un sextete, es ahora un enemigo para el culer, que corre el peligro de ver en aquel equipo ingrávido y desbordante la pista definitiva de lo que Flick es como entrenador. Lo primero que deberá hacer el técnico alemán es, aunque suene extraño, desligarse de su pasado reciente.
Pocos clubes, por no decir ninguno en la máxima élite, razonan y se narran a sí mismo como el Barça, cuya forma de funcionar se asemeja a la de una divinidad desterrada de donde un día perteneció. Eso explica que en los momentos más bajos de juego y ánimo, el club siga empuñando su marca personal (el estilo de juego congelado, el ADN, La Masia y el "Més que un Club") como un valor seguro, porque no importa lo que suceda, que el culer siempre sabrá encontrar espacios para la reconstrucción. Pero es también un arma de doble filo, porque quien llega desde fuera, sin lazos que lo aten a la cultura e idiosincrasia del Barça, es mirado siempre con una duda orbitando encima de su cabeza. Para mostrarse preparado para el reto, primero hay que corresponder al club y sus mitos, y Flick, que es un tipo forjado en el fútbol alemán, llega precisamente como contrapunto a un momento social y futbolístico de máxima tensión y mediocridad.
Flick y el pasado que le sigue
La figura de Flick se debe entender, entonces, como una ventana de oportunidad. Un cambio hacia algo mejor. Su principal virtud cuando llegó al banquillo del Bayern no fue otra que la de saber escuchar y ordenar. Encontró a un equipo sin autoestima y le liberó de un fútbol mecanizado y muy rígido, permitiendo que cada jugador tuviese más margen de acción, favoreciendo el nacimiento de relaciones entre extremo-lateral-punta y ayudando al equipo a estar muy junto, con una forma de atacar mucho más higiénica. De allí nacería una contrapresión suicida que serviría a los suyos para aplastar en la frontal al rival, atacando de una forma brutal los espacios interiores, tanto por volumen como por calidad. Su Bayern, equipo que levantó en pocos meses, representa uno de los mayores picos de dominio del fútbol europeo en este siglo.
En el fútbol no existe un contexto trasladable a otro. Son ecosistemas únicos e irrepetibles que nacen y mueren con la misma velocidad con la que se da un pase, que es el gesto que marca el inicio de algo nuevo. Imaginar o jugar a trasladar conceptos de aquel Bayern, o de su posterior Alemania, a este Barça es un juego interesante, pero no es un ejercicio de realidad. Ni los jugadores son los mismos, ni el pasado reciente del equipo se parece, ni evidentemente, Flick conoce el futbolista azulgrana como al bávaro. Cada diferencia marca un punto nuevo bajo el que pensar el futuro de Flick en Barcelona, señalando de esta forma la realidad: que su trabajo anterior muestra una forma de pensar el juego, unas motivaciones, pero no deja las pruebas suficientes como para pensar que sea aquello lo que busque en Barcelona.
El juego como motor principal
El fútbol nos ha mostrado trabajos impresionantes, como el de Tuchel en el Chelsea o el de Flick en el Bayern, que no se han trasladado, ni tan siquiera acercado en forma y fondo, a sus trabajos posteriores. El Barça será un reto nuevo del que, de momento, desconocemos con qué jugadores contará o no o qué posiciones querrá reforzar. La expectación marca la línea entre lo analizable (su pasado) y lo futurible (todo lo que vaya a hacer).
La realidad es que esta temporada el FC Barcelona no ha jugado mejor, ni tan siquiera al mismo nivel, que hace dos años. Muchos jugadores no han crecido, y otros tantos han necesitado de un rendimiento altísimo para hacerse notar, porque colectivamente ha habido poco a lo que agarrarse. Flick ya demostró ser muy fino en el trato humano, alguien que insufla confianza y da crédito al talento para que funcione, por mucho que lo que más se señale sean los brazos y pectorales de Goretzka, lo que realmente marcó la diferencia en 2020 fue que Thiago y Kimmich jugaron algunos de los mejores partidos de su carrera juntos. La obsesión del alemán no fue otra que la de levantar a un equipo propositivo, muy vertical desde el pase, con muchos jugadores entre líneas y un acercamiento de piezas que le permitiese presionar mejor e infundir miedo al rival, por la tensión que le metía a la defensa.
Lo que deberá preocupar al Barça es tanto el hecho de resituar el juego como epicentro de su proyecto, algo que Flick persiguió en Alemania y logró en el Bayern, e hinchar la confianza maltrecha de unos jugadores que son mucho mejor de lo que en su mayoría han parecido estos meses. Que el club no convierta el pasado de su entrenador en una jaula de cristal, en una condena imposible que convierta cada partido en un ejercicio absurdo contra el pasado al que el Barça no puede acceder.