Santiago Mouriño, contra la 'maldición' de la promesa uruguaya en el Atleti
José María Giménez representa, hasta el momento, el único oasis en un desierto de incursiones rojiblancas por el país charrúa en busca de promesas.

El Atlético de Madrid tiene atado al defensor Santiago Mouriño, de Racing Club de Montevideo, para la siguiente temporada. Como confirmó Relevo, el club llevaba tiempo siguiendo la evolución del joven de 21 años. Los rojiblancos más optimistas, de primeras, situarán la operación en el mismo tarro que la de José María Giménez; en cambio, habrá otros que piensen irremediablemente en todas las perlas uruguayas en las que se ha invertido en este siglo XXI y que acabaron en saco roto.
De hecho, el caso de Giménez es el único que cuajó en el primer equipo. Desde que llegó en 2013, procedente de Danubio, su nivel ya daba para estas lindes pese a contar tan sólo con 19 años y costar apenas 1 millón de euros. Hoy en día, se le considera uno de los mejores centrales de LaLiga a sus 28 primaveras y lleva más de 80 internacionalidades con la selección uruguaya. Una auténtica ganga para el club.
Desafortunadamente, el resto de las incursiones en busca de perlas por el país sudamericano no han terminado de la misma manera. El primer uruguayo con la vitola de 'joya' en vestir la rojiblanca fue Rubén Olivera, el 'Pollo', en 2004. Llegó en el mercado de invierno y apenas tuvo participación en el equipo. De cualquier forma, se quedará al margen de esta ecuación al recalar cedido procedente de la Juventus. Por cierto, también de la prolífica cantera de Danubio.
Los dos primeros en llegar
Realmente, las dos primeras promesas uruguayas fichadas y en las que se pusieron muchas expectativas fueron Leandro Cabrera, procedente de Defensor Sporting, y Sebastián Gallegos, de Danubio. Ambos internacionales en las selecciones inferiores de Uruguay -y dos de los puntales nacionales de su generación-, su paso por el Atlético se quedó en anecdótico.
Cabrera, al menos, consiguió debutar con el primer equipo, sumando un total de cuatro partidos jugados antes de experimentar un cúmulo de cesiones: Recreativo de Huelva, Numancia y Hércules. Finalizó su contrato con el Atlético en 2013 y se marchó al eterno rival para jugar en el Real Madrid Castilla durante un curso hasta recalar en el Zaragoza, el primer sitio en el que gozó de cierta continuidad. Cerró allí una etapa e hizo las maletas rumbo al Crotone (Italia). Allí, su rol secundario le llevó a una nueva cesión, la mejor de toda su carrera, camino a Getafe. Allí, se hizo un jugador vital para los azulones, que no dudaron en abordar su fichaje por unos 600.000 euros. Se convirtió en uno de los centrales más fiables de LaLiga y el Espanyol pagó 9 millones por él. En resumen, la apuesta inicial del Atlético resultó económica y deportivamente efectiva para sus vecinos del sur de Madrid.

Por su parte, la trayectoria de Gallegos gozó de diferente suerte. Su única cesión fue al Badalona y, al expirar su contrato como rojiblanco, regresó a Uruguay, a Peñarol, un escaparate que le permitió, aún en edad sub-21, dar su segundo salto a Europa. Pasó por el Como italiano y el Petrolul rumano antes de volver de nuevo a Sudamérica. Ha llegado a jugar en Perú, Chile, Bolivia... ¡incluso Australia! Como futbolista, no cumplió con las expectativas que había puestas en él cuando aún tenía edad juvenil.
La siguiente apuesta tras el éxito con Giménez
José María Giménez aterrizó en el Vicente Calderón en 2013 y cayó de pie. Desde el primer momento, la afición entendió que llegaba uno de los suyos, de los que derrochan coraje y corazón. La experiencia fue tal que el club enseguida se aventuró a repetir hazaña y así poder juntar a la dupla de centrales de las inferiores de Uruguay. Ya con Giménez en el equipo, el Atlético fichó también de Danubio a Emiliano Velázquez.
Sin embargo, el resultado fue totalmente diferente. Velázquez salió cedido en busca de minutos y los obtuvo tanto en el Getafe como en el Braga y el Rayo de Vallecano, pero ninguno de los dos hicieron por quedárselo en propiedad y el tercero esperó a que terminase contrato en el Manzanares para firmarle. En ningún caso, su evolución futbolística fue tanta como para ganarse un hueco en la plantilla del Atlético. Tampoco acabó convenciendo en Vallecas, donde no renovó para fichar por el Santos brasileño, un grande en el que duraría poco. Actualmente, pertenece al FC Juárez de la liga mexicana. El mayor hito hasta el momento en su haber es una internacionalidad charrúa.

Pegarse de nuevo contra el muro en los dos últimos intentos
Las dos últimas incursiones en Uruguay en busca de una joya tenían, a priori, mejor pinta. Especialmente la contratación de la gran promesa del país, Nicolás Schiappacasse, procedente de River Plate de Montevideo. Después de dos años de adaptación en las inferiores, llegaría su primera cesión. En este caso, a un Segunda División recién ascendido como era el Rayo Majadahonda. Allí, dejó destellos del potencial que atesoraba, incluso con un desempeño más de banda que de ariete, pero no consiguió erigirse como un jugador diferencial en la categoría. Le pasó lo mismo en el Parma y en el Famalicao. En 2020, el Sassuolo pagó al Atlético 300.000 euros por su traspaso. Allí, tampoco triunfó y acabó regresando cedido a Uruguay, a Peñarol, donde se rompió el ligamento cruzado y lateral externo de su pierna izquierda, paradójicamente en un encuentro ante River Plate, el club en el que se formó. A partir de ahí, la cosa fue de mal en peor.

Schiappacasse se sitúo en el foco de todo el país al ser detenido por la policía, camino a un clásico amistosos entre Nacional y Peñarol, por la posesión de una pistola 9mm. Además, en total, pasó la friolera de 481 días sin jugar debido a la lesión. Ya fuera del Sassuolo, en el modesto Miramar Misiones, volvió al fútbol. Actualmente, milita en La Luz, un equipo humilde de la Primera División uruguaya.
Finalmente, Juan Manuel Sanabria figura como la última apuesta por los jóvenes charrúas del Atlético hasta Santiago Mouriño. El centrocampista era el diamante en bruto de la cantera de Nacional. Tampoco cuajó, aunque a sus 23 años es pieza fundamental del Atlético San Luís, proyección mexicana del Atlético de Madrid, y se ha destapado como un centrocampista de recorrido, 'box to box'. Aún pertenece al club rojiblanco, pero su futuro no pasa por las filas de los soldados de Diego Pablo Simeone. Su contrato termina en 2025, está valorado en 3 millones de euros, según Transfermarkt, y podría convertirse en una venta interesante.
En resumidas cuentas, Mouriño se encuentra ante el reto de emular a José María Giménez o, por el contrario, engordar la lista de desventuras de los colchoneros en su búsqueda de perlas uruguayas. Para empezar, el apellido no cae muy bien por el Cívitas Metropolitano.