OPINIÓN

Mi tequila para Laporta

Laporta y Xavi se abrazan el día de la presentación del entrenador./GETTY
Laporta y Xavi se abrazan el día de la presentación del entrenador. GETTY

Sólo tengo una obsesión en la vida. Una manía con la que no admito debates y soy intransigente. Una idea fija de la que yo, demócrata abierto como el que más a cambiar de opinión, no me muevo un solo centímetro con el paso de los años. Los cumpleaños, poneos como queráis, hay que celebrarlos el mismo día de autos. Ni antes ni después. Yo no sé de qué país o cultura hemos heredado tan feas costumbres de programar toda una vida comprimida los fines de semana. Como si los lunes no hubiera bares.

Las fiestas no se posponen. ¿O lo hacemos con la Nochebuena? El corazón, por mucho que nos lo propongamos y juguemos con él, no es una agenda electrónica. Se hincha o se agrieta con las emociones, no con las órdenes. Un ejemplo me lo ha confirmado una vez más: el pasado 27 de abril tuvimos que aplazar en casa, por fuerza mayor, un 40 aniversario muy especial, entre kilos de comida y ríos de bebida, y por mucho interés que ha habido en reactivar el plan una semana después, ya con otro ánimo, no ha habido manera. Ahí sigue todo el arsenal para la ocasión congelado o metido en bolsas. Desayuno gusanitos a diario.

El barcelonismo anda a estas horas con un cuerpo parecido al mío. El Barça ganó esta Liga en invierno, ya ni nos acordamos en qué momento exacto, entre algún que otro disgusto institucional. Y ahora que las matemáticas le han dado oficialidad en Cornellà al título conseguido,a ver quién es capaz de desempolvar la bufanda, de bailar en Canaletas o de emocionarse, como en las Ligas de Tenerife, con una rúa tanto tiempo después. Máxime cuando medio equipo está en venta y, lo peor de todo, en el momento en el que el Real Madrid mantiene las opciones intactas de volver a dominar Europa.

Ante tal situación, tan efusiva como preocupante por ese bendito pique de la rivalidad, hay dos formas de actuar. Igual de respetables y con más o menos número de fieles.

Por un lado, está la de cerrar ligeramente el puño, casi en la intimidad, esbozar media sonrisa y seguir al instante con los quehaceres diarios. Una Liga es una Liga, pero esta en concreto es casi como quedar a almorzar para celebrar tu propio bautizo. No recuerdas qué cura te bendijo, quién es tu madrina y quién fue el verdadero culpable de tragarte tu primera hostia. Aquel día te suena, como mucho, de oídas. A ver quién enumera ya cuántos futbolistas utilizó Xavi en el lateral derecho, los errores cometidos en aquel meneo del Bernabéu con Piqué en el banquillo y los goles de Memphis antes de marcharse al exilio.

Por otro lado, veremos a estas horas a aquellos otros que se abrazarán a la sobreactuación. Como cuando esperas de Reyes unas entradas para un concierto de Metallica y te entregan un collage infumable. "¡Qué bonitoooooooo…!". Habrá llantos en el césped, manteos al entrenador, parlamentos emocionados, directivos en las duchas y una marea de gente por las calles para decirle al mundo que este gran club ha vuelto. Y no les faltaría razón. E incluso es, si tenemos humor y brío, la forma de festejar más sana, equilibrada y justa. Arrebatarle dos títulos en un mismo curso al mejor equipo del mundo en los últimos años no lo hace cualquiera y merece una buena dosis de desenfreno. No se olviden de la Supercopa de España en la que el Barça sonrojó al Madrid y complicó a Ancelotti en Arabia.

Pero Laporta sabe mejor que yo cómo funciona el cuerpo. De celebrar la vida tiene un máster. Por mucho que se fuerce, la falta de emoción podría haberle quitado brillo a este merecidísimo alirón con paradinha. Así que no hay mayor picante a una salsa insulsa que activar la coctelera de los sentimientos, como ha hecho -queriendo o sin querer- en este parón. Que si Alemany, que si Deco, que si Ansu, que si Jordi Alba o que si Busquets. Por no recordar el enésimo capítulo del culebrón Messi. Hubo overbooking estos días en su despacho. No es mala estrategia para activar el lagrimal y darle algo más de épica a este gran momento. Lo que nadie sabe es si el llanto es de pena, de alegría o de agotamiento.

Yo sí celebraría por todo lo alto. Con permiso de los radicales. Y sin entrar en una contradicción moral. Esta Liga es diferente a las demás. El Barça viene de donde viene. No sólo es una alegría que al culé le llega cien días tarde, con una exhibición en toda regla frente a un eterno rival, el Espanyol más triste que se recuerda, que vale como revancha por un Tamudazo que Luis García gozó de corto. Es bastante más. Me tiraría a Las Ramblas porque merece celebrarse como mínimo hasta Navidad. Quien quiera tequila (además de Laporta, claro) que nos pida a Leti y a un servidor. Tenemos más stock que conocimiento.