REAL ZARAGOZA

Del bombazo de Ewerthon al penalti que Cedrún le paró a Ancelotti: la Romareda despide a su legendario Gol Sur

La grada situada tras la conocida como portería de Jerusalén vive su último partido. Será la primera zona del campo que se derribe este verano para construir la nueva Romareda.

Imagen antigua de la grada Gol Sur de la Romareda. /REAL ZARAGOZA
Imagen antigua de la grada Gol Sur de la Romareda. REAL ZARAGOZA
Mario Ornat

Mario Ornat

El fondo sur de La Romareda siempre fue conocido entre el zaragocismo con una denominación evocadora: el gol Jerusalén o la portería de Jerusalén. El nombre se debía al convento de Santa María de Jerusalén, situado en el número 10 del paseo de Isabel la Católica, justo a la espalda del estadio. El conjunto monástico, rodeado por una huerta y cerrado por muros que miraban al campo de fútbol, se levantó en realidad en 1947, diez años antes de la inauguración del coliseo zaragocista. En aquellos primeros tiempos de convivencia no fue extraño que las madres franciscanas llamaran a misa a los fieles los domingos por la tarde, aprovechando la salida de los partidos. Del gol Jerusalén a la gloria. Así en la tierra como en el cielo.

A partir de los años 60 aquella zona de la ciudad comenzó a crecer. Y también el Real Zaragoza, cuya cultura de juego vistoso, futbolistas de clase, soberbios delanteros, títulos y partidos legendarios se forjaría durante la década prodigiosa de Los Magníficos. A lo largo de estos más de 67 años de vida, la portería sur de La Romareda, y los socios y aficionados alojados en ese fondo, habrán visto innumerables goles. Tantos y tan variados que aspirar a un catálogo supondría una misión quimérica. Pero sí se puede establecer un itinerario muy rico, alimentado por la memoria y la videografía. Lo inicia el delantero que este domingo hará el saque de honor: Ramón Vila Saborit, llegado desde el Sabadell en la temporada 1957-58, y autor de dos tantos en el amistoso frente a Osasuna (4-3) con el que se inauguró La Romareda el 8 de septiembre de 1957.

Durante más de dos décadas ese graderío, con bancos de piedra corridos y las localidades marcadas por una línea de pintura y un número, se llamaba gol sentado, en oposición al fondo norte y la tribuna este, con localidades de pie. En origen lo conformaba una sola bandeja al descubierto. A principios de los años 80 se amplió con un segundo anfiteatro, vídeo marcador y el tejadillo actual, en la reforma de La Romareda preceptiva para el Mundial 82. En esa zona alta del gol sur ha transcurrido buena parte de la vida zaragocista de Vicente Casanova. "Nuestra localidad está justo debajo del marcador, pero durante años nos pasábamos a los palquitos vacíos con sillas que habíaun poco más abajo, para sentarnos allí. Salvo los días contra el Madrid o el Barcelona, que se vendía todo, el resto de los partidos estaban vacíos y aprovechábamos para ocupar esos asientos", revela con un gusto de picaresca.

Antes del último encuentro en la grada sur, Casanova reconoce un punto de nostalgia inevitable, pero se imponen las ganas de ocupar su asiento en un estadio nuevo: "La ilusión por la nueva Romareda es mayor que el peso de los recuerdos, aunque tengo muchos: podría contar con los dedos de la mano los días de partido en que haya faltado en el campo", dice con orgullo zaragocista. De entre todos los goles, delanteros y jugadas, Casanova rememora la habilidad, la clase y las destrezas para poner balones de futbolistas como el argentino Gustavo López o el brasileño Savio. Y si le pedimos un tanto anotado en esa portería, el primero que acuda a la memoria, no lo duda un segundo: "El bombazo de Ewerthon en el 6-1 al Real Madrid".

El prodigioso misil del punta brasileño es uno de los goles más nombrados estos días en la despedida del gol sur. Fue el que cerró la irreverente goleada contra los blancos en la ida de las semifinales de la Copa del Rey de 2006. Con el equipo blanco zarandeado, Ewerthon largó como coda del encuentro una volea furibunda. La pelota dibujó una violenta diagonal parabólica desde los alrededores del ángulo izquierdo del área, y cayó en la red como un pájaro abatido, más allá del desesperado escorzo de Casillas. Fue el cierre extático para una noche en la que, en realidad, el equipo dirigido por Víctor Muñoz anotó tres tantos en la portería de Jerusalén: el 4-1, el 5-1 y el 6-1 (Baptista firmó el del honor para los de negro también en ese lado).

El cuarto del Zaragoza fue también el cuarto en su cuenta del argentino Diego Milito, un cabezazo de arriba abajo a la salida de un córner. Ewerthon hizo el primero de los suyos en un duelo uno a uno con Casillas. Cani había capturado un imprudente pase horizontal en la línea defensiva de Pavón y liberó al brasileño en su cabalgada de evasión. Después, Ewerthon cerraría el frenesí zaragocista con un proyectil nuclear que aún hoy revienta en la memoria de cualquiera que lo viese en el estadio.

El marcador y el rival de aquella noche de Copa invitan a retroceder en el tiempo hasta más de 30 años antes. Y ahí asoma otro retablo de maravillas tallado en el gol sur. Con otro 6-1 frente al mismo contrario, el Real Madrid. La tarde en blanco y negro del 30 de abril de 1975, el conjunto merengue venía de celebrar la Liga recién conquistada en Pamplona, y el Zaragoza aprovechó la laxitud del campeón para hacerle media docena. De ellos, los tres del primer periodo llegaron en la misma meta, apenas defendida por Miguel Ángel. Tres zurdazos de seda: el primero de Pablo García Castany, en un tiro libre indirecto al borde del área en el minuto 10; el segundo, con una finalización del Lobo Diarte tras un robo y la carrera directa de Rubial al área; y el tercero, de nuevo el fino García Castany (autor de un triplete) con una magnífica maniobra para eludir a Vicente del Bosque en el vértice derecho del área pequeña. Después lo acabó con un angulado golpeo de izquierda, contra el palo y al gol.

La historia del Zaragoza aún incluye otra media docena fastuosa contra uno de los grandes: el célebre 6-3 del Real Zaragoza de Víctor Fernández al Dream Team de Johan Cruyff, el 13 de febrero de 1994. De los cuatro goles firmados en la portería sur (Cáceres, José Aurelio Gay y Esnáider (2), la memoria del zaragocista acostumbra a quedarse con el primero: el contraataque lanzado por un robo de Cáceres, la larga conducción de Paquete Higuera y la imagen imborrable del Negro cruzando el campo en estampida para acompañar la jugada hasta el área de Zubizarreta. En la zona de las decisiones, un triángulo apoteósico: la descarga de Higuera a Esnáider, el balón cruzado del ariete argentino y la finalización racial de Cáceres llegando como un trolebús a la boca de gol, para acabar la jugada iniciada por él mismo 80 metros más atrás. Si uno busca definir al defensa exuberante que fue Cáceres, basta revisitar aquella acción para caracterizarlo.

"La ilusión por la nueva Romareda es mayor que el peso de los recuerdos, aunque tengo muchos: podría contar con los dedos de la mano los días de partido en que haya faltado en el campo"

Vicente Casanova Socio del Real Zaragoza

Naturalmente, los goles frente a los rivales más poderosos acostumbran a ser los más recordados, por el estruendo de las victorias. Hay otros imposibles de obviar: el voleón de folha seca desde 35 metros del Toro Acuña, en la campaña 2001/2002 al Real Madrid; y el 3-2 de Poyet al mismo rival la noche del 29 de octubre de 1994: el día del debut de Raúl González Blanco es, en el imaginario zaragocista, la noche en que el futuro campeón de la Recopa se puso líder de la Liga tras derribar al conjunto de Jorge Valdano. Esa portería ya había sido fetiche muchos años antes para el entonces entrenador madridista. Durante sus años en el Zaragoza, Valdano dejó en ella no pocos goles: entre todos viene a la memoria un inaudito cabezazo en la victoria contra el Valencia (3-2), el 20 de febrero de 1983. El testarazo del argentino a centro de García Cortes se elevó de manera inverosímil en una acusada vertical y describió una extraña parábola para alojarse junto al palo contrario, una trayectoria imposible de descifrar para el meta Manzanedo. Fue la misma tarde de la tijera de Amarilla desde el ángulo del área grande, pero ese gol de época ocurrió al otro lado del campo.

"Hemos visto grandísimos jugadores y delanteros increíbles", recuerda con un punto de amargura Alberto Espeja, tesorero de la Peña Zaragocista de Fuenlabrada y socio de zaragocismo añejo. "Tenía tres años cuando mi padre me empezó a llevar a La Romareda, en los años finales de Los Magníficos. Recuerdo sobre todo a los Zaraguayos: Arrúa, Diarte, Soto, Cacho Blanco, Ocampos...", enumera, antes de detenerse en algunos de los más grandes futbolistas aragoneses de todos los tiempos: "He tenido la suerte de ver a José Luis Violeta, uno de los más grandes de la historia; y a Javier Planas". He ahí un detalle revelador: cuando un aficionado nombra a Planas es que estamos ante un zaragocista con pedigrí y con gusto. Que vienen a ser sinónimos.

El exilio no ha atemperado ni lo más mínimo el fervor de Alberto Espeja y sus compañeros de peña: "Llevo más de 40 años viviendo en Madrid y nunca he dejado de ir a ver al Zaragoza. Hace 20 años fundamos la peña y, aunque lleva el nombre de Fuenlabrada y hay una decena de socios de allí, la formamos personas repartidas por toda la comunidad: Alcorcón, San Sebastián de los Reyes, nosotros vivimos por la carretera de Valencia...: y todos los fines de semana de partido salimos de viaje para estar en La Romareda". Este domingo no podrá ser: el tardío horario del partido (nueve de la noche) y un viaje familiar le impedirán participar en la despedida de la grada sur, en la que ha pasado la última década y media: "Hay nostalgia, pero también es hora de tener un campo digno de lo que es el Real Zaragoza. O de cuando éramos el Real Zaragoza: ahora estamos como estamos, pero los jugadores y los goles que hemos visto... eso es inolvidable".

En su memoria más antigua queda el tanto en la portería de Jerusalén de uno de los más legendarios Zaraguayos: "Lo marcó Diarte, era su primer partido en La Romareda". Fue contra el Granada, el 3 de marzo de 1974. Carlos Martínez Diarte se había incorporado al Real Zaragoza en enero, desde el Olimpia de Asunción. Unos meses antes había llegado a La Romareda el gran divo de aquella generación, según muchos el mejor jugador de la historia del club con permiso de Carlos Lapetra: el también paraguayo Saturnino Arrúa. Muy frecuentemente el propio Víctor Fernández ha recordado sus días de niño en el gol sur, cuando Arrúa y los demás se tiraban contra los aficionados del fondo para celebrar sus goles. Esa imagen constituye su primer recuerdo, y el más perdurable, como zaragocista.

"Empecé a ir a La Romareda con tres años y de todos los jugadores inolvidables que hemos visto me quedo con los Zaraguayos: Arrúa, Diarte, Cacho Blanco, Soto, Ocampos... El gol que más recuerdo en la portería de Jerusalén fue el del debut de Diarte"

Alberto Espejo Socio del Real Zaragoza

La nómina de arietes que gritaron su gloria en el gol Jerusalén resulta interminable. "De la delantera de Los Magníficos, al único al que llegué a ver jugar fue a Marcelino", recuerda Paco Bordonada, presidente de la Peña Belchite-Montemolín, quien ha pasado los últimos años de su larga trayectoria como socio del Real Zaragoza detrás de la portería del gol sur: "Una cosa que tiene buena esa grada es que da la sombra todo el partido", apunta con mucho tino. Lo sabe porque durante años miró también los partidos desde la tribuna lateral este del estadio, azotada en muchas tardes por un inclemente sol vespertino. Ahora, aguarda con más ilusión que nostalgia el relevo de la vieja Romareda por un nuevo estadio: "Tenía que haberse hecho hace muchos años, pero cuando unos decían arre, otros decían so. Por fin se han puesto todos de acuerdo", comenta en referencia a los diferentes proyectos de nuevo estadio truncados durante décadas por las diferencias políticas.

Su memoria reivindica "la gran cantidad de jugadores extraordinarios que hemos disfrutado a lo largo de los años: en Zaragoza no sabemos lo que hemos tenido. Ahora nos damos cuenta", subraya Bordonada. Y no le falta razón. El árbol genealógico de arietes del Zaragoza incluye a goleadores seriales y atacantes de fútbol intemporal: Murillo, Seminario, Lapetra, Villa, Arrúa, Diarte, Ocampos, Pichi Alonso, Valdano, Amarilla, Rubén Sosa, Higuera, Pardeza, Esnáider, Morientes, Milosevic, Ewerthon, Diego Milito, Ricardo Oliveira... Y eso cerrando mucho el foco. Entre todos, también el mejor goleador de la historia de la selección de España: David Villa.

"Lo que más recuerdo del gol sur fue la carga de la Policía contra los aficionados del Chelsea en la semifinal de la Recopa: nunca había visto algo así en La Romareda"

Paco Bordonada Socio del Real Zaragoza

El Guaje fue protagonista de otra de las tardes más recordadas en La Romareda, el 25 de abril de 2004, cuando le metió cuatro tantos al Sevilla. Dos de ellos los hizo en la portería del fondo sur: primero, un tiro de falta al borde del área, balonazo desviado por Dani García Lara a gol; después, un penalti que el propio punta asturiano le forzó a Pablo Alfaro, antes de batir a Esteban desde los 11 metros. Pese al póker de Villa, el Sevilla se arregló para forzar un generoso empate (4-4) y el Zaragoza tuvo que esperar a confirmar su salvación del descenso dos semanas después con otro tanto para los anales, por su importancia, en la misma portería: el 1-0 del defensor brasileño Alvaro Maior a Osasuna, ya en el minuto 90. Un tanto agónico, con un autor impensado, para sacar al Zaragoza del abismo.

Pero además de los goles, el fondo sur de La Romareda ha vivido momentos grabados en la memoria colectiva de varias generaciones de zaragocistas. En las dos esquinas de ese graderío se situaron durante años las gradas de Infantil: un espacio acotado para menores de 14 años, al que se accedía a través de las míticas puertas 9A y 14A del estadio. Desde allí, uno disfrutaba de la perspectiva imborrable de los miles de brazos y pañuelos extendidos en protesta desde la tribuna lateral de La Romareda, un campo de ambiente siempre bravo. En su animoso recorrido alrededor del estadio, Manolo el del Bombo solía detenerse allí para jalear a la chiquillería de Infantil, agitando la maza trepado a la valla de separación de los graderíos.

La pequeña gran aventura de aquellas tardes de fútbol consistía en la posibilidad de sortear la vigilancia de los empleados del campo, entonces aún identificables por su gorra de plato, para escalar la frontera y colarse en el gol sentado. "¿Que si saltábamos de Infantil al gol sur? Todas las veces que podíamos", reconoce Vicente Casanova. "Yo iba con varios amigos del barrio de Las Fuentes y nos sabíamos cada movimiento de los vigilantes de la valla. En cuanto podíamos nos colábamos al otro lado: formaba parte de la diversión de ir al partido", recuerda entre risas. Durante su periodo como presidente de la Federación de Peñas del Real Zaragoza, Casanova trató de recuperar aquella grada para los más jóvenes: "Era un entorno adaptado a tu circunstancia personal, más amable, con críos y gente de tu edad... aquella grada era una auténtica cantera de zaragocistas, pero no tuvimos ninguna respuesta por parte del club".

Quienes debieron asaltar de forma literal la grada sur en un partido fueron los antidisturbios, que batieron a porrazos a los miles de hooligans del Chelsea reunidos en esas localidades en la ida de semifinales de la Recopa del 95. Paco Bordonada, presidente de la Peña Belchite-Montemolín, incluye esa escena entre los recuerdos más poderosos relacionados con el gol sur: "Aquello fue tremendo, nunca había visto a la Policía actuar así en La Romareda", reconoce. Mientras se desarrollaba la batalla a la espalda del portero Hitchcock, Esnáider firmaba el 3-0 y el fondo norte coreaba a los uniformados en su acometida con el "¡Písalo, písalo!" de Bilardo. El grito fue interpretado por algún cronista inglés con fonética equivalente pero significado muy distinto: "Peace and love!", paz y amor. La historia puede ser apócrifa, pero aun así maravillosa. Ese día el canto más repetido en La Romareda no dejó lugar a dudas: "¡Sí, sí, sí, nos vamos a París!".

La Recopa fue también el contexto de otro episodio memorable en el gol Jerusalén: la eliminatoria contra la Roma, en la primera ronda de un torneo que llevaría al Zaragoza hasta semifinales (lo eliminó el Ajax de Rijkaard y Van Basten, dirigido por Johan Cruyff). En la ida en el Olímpico, Di Carlo y Gerolin le dieron al equipo italiano un 2-0 de ventaja. El encuentro de regreso, el 1 de octubre de 1986, ha quedado en el recuerdo como el partido en el que Juan Señor anotó tres penaltis, uno en cada mitad del tiempo reglamentario del partido, para igualar el marcador global, además del decisivo en la tanda de penaltis. Cedrún recuerda que el sorteo lo ganó la Roma y que eligió disparar sobre la portería de Jerusalén para evitar el fondo norte, donde se concentraban los hinchas más radicales del Zaragoza. Pero el portero zaragocista se iba a erigir en héroe. Después del error de çarcía Cortés, Cedrún apareció con su habitual sentido de las grandes oportunidades y detuvo dos penales: el cuarto a la estrella romana, el polaco Zbigniew Boniek; y el quinto, a Carlo Ancelotti, hoy entrenador del Real Madrid.

Todos esos recuerdos se juntan con otros muchos: el penalti lanzado por Chilavert contra la Real Sociedad (y el gol en el saque de centro consiguiente de Goikoetxea, mientras el meta paraguayo se demoraba en el regreso); el imponente cabezazo picado de Sirakov al Hamburgo en la UEFA en 1989; los tantos de Higuera y Pardeza para cerrar la agónica victoria en la promoción de 1991 frente al Murcia; el pelotazo casi desde medio campo de Santi Aragón frente al Elche... Cada memoria individual compone su propio panteón y lo suma a un patrimonio sentimental colectivo, reactivado estos días. La aluminosis corroe los muros del viejo estadio y la Segunda División devora el brillo de la historia zaragocista. Pero lo esencial permanece. El club y su gente despedirán hoy la grada del gol Jerusalén, el mismo lugar donde hace pocos meses se presentó el proyecto de construcción del nuevo estadio. El convento de Santa María de Jerusalén ya fue derribado el verano pasado. Pero la portería sur siempre fue tierra santa.