El Espanyol, hoy, no debería llorar, bastante ha llorado por Diego Orejuela

El RCD Espanyol de Barcelona se juega esta tarde contra el Oviedo el ascenso a Primera División. Necesita ganar el partido, con eso le basta. No es poco, visto lo visto, así que andan los pericos con el culo apretado. Pero acostumbrados están. De hecho, hace 34 años en Málaga, no estaban mucho mejor. Necesitaba ganar el partido en La Rosaleda y pintaban bastos. Pero lo hicieron, agónicamente, en la tanda de penaltis. Diego Orejuela, el capitán de aquel equipo, lo vivió en el banquillo, vestido con tejanos y camisa, sancionado. Se pagó el viaje de su bolsillo para estar al lado de su equipo. Lloró desconsolado cuando Albesa transformó disparo que dio el ascenso al equipo de Sarrià. Junto a Juanjo Díaz, el entrenador. Los dos están muertos.
Lleva el españolismo llorando desde el jueves la muerte de Diego Orejuela. Un cáncer de páncreas mató al símbolo del club blanquiazul. Demasiadas lagrimas derramadas desde entonces por aficionados, que le idolatraban, y compañeros, que le querían y admiraban por igual. Será por eso que hoy el RCD Espanyol no puede caer en el camino del ascenso, no se antoja de justicia, porque bastante lleva en estos últimos dias como para tener que volver a llorar.
La muerte de quien fue el capitán del Espanyol de la UEFA, el líder natural del inolvidable equipo de Clemente, el alma durante más de diez años de aquel Espanyol, raza pura, se antoja hoy como un guiño de la historia. Demasiado dolor como para sumarle hoy otra puñalada a los españolistas.
Diego llegó desde Catar en un avión medicalizado hace cosa de un mes a Barcelona. Allí ejercía de mano derecha de su amigo Bartolo "Tintin" Márquez, seleccionador de los catarís y aquí llegó para despedirse de Anna y Gemma, sus hijas. Hará seis meses se sintió mal, viajó a Barcelona y se sometió a pruebas. "Decidme la verdad, no me andéis con hostias". El diagnóstico fue brutal: cáncer de páncreas. Volvió a Catar. No se le vio en las celebraciones por el titulo de la Copa de Asia de su selección y eso mosqueó a más de uno. Se habló para disimular de que sufría una indisposición, porque no quiso que nadie supiera qué le pasaba en verdad. Pero estaba ya muy mal. Así que cuando volvió a Barcelona ya moribundo dio ordenes tajantes de que nadie supiera nada.
"No quería dar pena a nadie" comentaba Iñaki Pérez de Arriluce, responsable de los veteranos del Espanyol en el funeral. Solo unos pocos supieron desde el principio la verdad, nadie más que Márquez, que se encargó en persona de traerlo a Catalunya para que pudiera despedirse de sus hijas y su familia. Pero no podía decir nada, porque Diego era así. Solo quería despedirse de sus hijas y que le dejaran irse en paz.
"Fue un grande entre los grandes, como persona y como jugador, como amigo y como ayudante mío estos últimos cuatro años. Era grande en todo y como jugador ya ni te cuento. De lo mejor que he visto", dice Tintín. Juntos jugaron miles de partidos, en las inferiores blanquizules y en el primer equipo. Muchos, a las órdenes de Javier Clemente, también muy afectado por la noticia. "¿Que quieres que te diga? Una putada Lu, una putada muy gorda!" se exclamaba el vasco.
Diego debutó en el primer equipo con Maguregui, se asentó con Azkargorta y explotó con Clemente, que le dio el brazalete. "Por ponerle un pero, puede que fuera un poco lento, pero era un tipo potente, un centrocampista ofensivo, que iba muy bien de cabeza, con buen toque, mucha llegada. Y además, valiente. Y como compañero, un 10. Iba de cara, defendía a los suyos, era hombre de club. Un tio extraordinario, de verdad", resume el rubio, que recuerda que alguna que otra vez llamó a la puerta de su despacho para ponerle los puntos sobre las íes por algo que no le había gustado.
Así lo recuerda en una articulo que se debe leer sí o sí-, titulado "Oh capitán, mi capitán", escrito por Joan Golobart y publicado en La Vanguardia, un perfecto y sentido homenaje que seguramente lo hubieran firmado sus compañeros de equipo y generación, esos que tuvieron la suerte de compartir aquellos años con Diego, los años que han pasado a la historia como los del "Espanyol de la UEFA", pero que fueron muchas cosas más. Porque si algo fue Diego fue el capitán que defendía a muerte a los suyos. De hecho se le recuerda pegándole un puñetazo en el túnel de vestuarios en un campo de Andalucía, antes de empezar un partido de segunda, a un fornido central, ante la sorpresa de propios y extraños. "Pero tío, ¿qué te pasa?", le preguntaron los suyos cuando la trifulca termino: "Nos va a dar mil hostias así que por lo menos, la primera se la lleva él", les contestó. Y la primera se la había llevado aquel, en efecto.
En aquel equipo ejercía de fisioterapeuta, masajista les llamaban, Jesús Sanz, un navarro bruto como una mula, sabio como un filósofo, bueno como un santo. "Dieguito, yo le llamaba. No he visto, con permiso de Toni Arabí, mejor capitán, nunca, que él. Incluso cuando aún no llevaba el brazalete, era el mejor capitán de un equipo que yo haya visto. "Contar chistes no contaba, pero se los inventaba sobre la marcha, porque era muy positivo. Tenia una personalidad impactante, podia con todo y con todos. Era humilde y trabajador. Sufrió por el Espanyol como nadie y se enfrentó contra todos por el Espanyol, empezando contra la directiva cuando tocó. Y los hechos le dieron la razón: acabamos en Segunda y casi desaparecemos". Y grita: "¡Tenía algo especial, joder! ¡Y se lo dije en vida!". Y llora. Como le lloran todos. "Ah, y fumaba en el autocar".
"Es que era un fenómeno", admite Míchel Pineda, su hermano pequeño. Comían el Restaurante Tito, de la calle Avenida de Madrid, esquina Joan Güell, un pequeño restaurante familiar que en su día, a principios de los años 80, descubrió Urbano Ortega, y acabó siendo feudo de muchos jugadores, en especial de Toni Arabi, Diego, Jonan Mentxaka, Ernesto Valverde, más tarde Sebastián Losada, cuando llegó El Pipiolo a Barcelona, pero por donde pasaron también jugadores del Barcelona, como Juan Carlos Unzue o López Rekarte. En el tanatorio de Manresa, donde se dio el último adiós al jugador, nacido en Sevilla pero criado en el Bages, hijo de una familia humilde y futbolera –su hermano Jesús fue un cotizado delantero centro que despunto en el Espanyol jugó cedido en el Salamanca y metió muchos, muchos, goles en Pamplona jugando para Osasuna- la hija del delantero hispanofrancés, Aloma, ahijada de Diego se reia entre sollozos, al recordad que su padrino, por pascua, le regaló más crocks que monas, mientras Anna, la hija mayor de Diego, daba de mamar a Vinyet, su bebita, que parió hace un mes. Allí, alguien recordaba su extraña relación con la prensa, hablando con Juan Carlos Gracia, y Juan Terrats, que fueron referentes, uno del Sport y otro de El Periodico, el españolismo mediático.
Santi Carreras fue jefe de deportes de Catalunya Ràdio y durante cuatro temporadas, de 1984-85 a 1988-89, y se encargó de transmitir todos los partidos del Espanyol. Recuerda a Diego como "un lider silencioso. Parecía que no estaba pero domimaba el cotarro". Recuerda que mantenía a raya a los periodistas pero que con él tuvo siempre una relación de mucho respeto desde el día que en un aeropuerto se le acercó y le soltó: "Todos mis compañeros me hablan muy bien de ti pero tu nunca me has pedido una entrevista. ¿Tienes algun problema o qué te pasa? Desde entonces siempre nos llevamos muy bien". Tomás Guasch, en aquellos años maestro y jefe en el Mundo Deportivo explicaba que se discutió mucho con Diego porque uno pensaba A de Clemente y el otro B, claro. "He visto a pocos futbolistas hablar con tanto conocimiento de fútbol que a Diego. No estábamos de acuerdo, claro, pero defendía sus razones con muchísima coherencia, porque sabía mucho del juego, lo entendía. Eran charlas futboleras tremendas. Se explicaba divinamente".
El 19 de junio del 87 fue el atetado de la ETA en Hipercor y murió una amiga mia. Tres días después creo que se jugaba un Real Madrid - Espanyol y empataron a dos. Al llegar al aeropuerto para volver a casa, me lo encontré, yo iba descompuesto, y al primero que vi fue a él. Yo iba muy jodido. Me preguntó qué me pasaba y le conté y el abrazo que me dio no se me olvidara en la vida. Me quedé metido entre sus brazos y no olvidaré jamás ese momento. Diego era un tío cojonudo".
Que se lo digan a Tommy N'kono, histórico portero de Camerún no le extraña la historia. "Le llamábamos el violento, por cómo te decía las cosas. Era tremendamente directo, no tenía filtro y eso al principio te soprendía. Pero si te decía algo es porque tenia razón y lo decía por tu bien". Insiste Tommy, profundamente afectado: "la vida a veces es demasiado dura. He conocido a mucha gente en el fútbol. Conocer a Diego supone haber conocido la amistad, la lealtad, la sinceridad. Le llamábamos el violento, porque no tenía filtro alndecirte las cosas. Llegaba y te decía esto va así y así. Y te lo decía porque pensaba que eso era lo mejor para ti y para el grupo, porque siempre el grupo estaba por encima de todo. A menudo, el líder no es el capitán quien lleva el brazalete, el líder del equipo es algo mas. Y Diego era nuestro referente. Si Diego iba adelante, detrás de el íbamos todos. Él se ha ido y nosotros nos quedamos pero tarde o temprano estaremos otra vez con él, porque a él nunca le dejaremos solo, porque él nunca nos dejaba solos".
Nunca dejó a Edu Mauri, que le conoció cuando los dos eran adolescentes, en la cantera: "Nos conocimos en el torneo juvenil de Lloret, que entonces era muy importante. Estaba Tintin (Márquez), estaba él y yo, y fue la primera vez que lo ganó el Espanyol. Él fue escogido mejor jugador del torneo", recueda el que hoy es doctor del Manchester City. "Representa los valores que se están perdiendo de justicia y respeto. Le daba igual defender ante quien fuera lo que era justo. Es muy difícil volver a encontrar un compañero como él, serio, responsable y justo. Donde esté, que nos espere porque volveremos a estar a su lado, como él estuvo siempre junto a nosotros".
Decía Francesc Via, periodista de referencia entre la 'pericada', en el recuerdo que le dedicó el jueves en su programa, seguramente uno de los mas escuchados en Catalunya, que el Espanyol, desde que él tiene memoria, le ha dado mas disgustos que alegrías. Asi que, para sortear tantos naufragios, se han aferrado a tipos bravos, fuertes y sacrificados, y que esos tres adjetivos describen por encima de todo a Diego Orejuela , un tipo que vivió los tiempos en los que los jugadores no ponían su nombre en la camiseta, se limitaban a defenderla con sudor y honor. Eso hizo Orejuela. El capitán de una generación de futbolistas y de aficionados, el capitán de un club que hoy, aunque solo sea por él, por Diego Orejuela, hoy no debe llorar, hoy debería subir a primera.