Por qué José Alberto sigue siendo un héroe en el Racing pese a la histórica 'paparda' en Vila-real
El técnico goza de la confianza de club, vestuario y afición pese a no rematar el curso con el playoff. Para quien aún no le conozca, mamó el Oviedo, es del Sporting y fue reponedor nocturno en Ikea.

El Racing ha vuelto a poner el foco en lo más alto después de haber estado en el precipicio. Tras un largo periplo por los infiernos de la tercera categoría del fútbol español se ha ganado a pulso volver a protagonizar los titulares en las secciones de deportes y no en la de sucesos. Ezkieta, Manu Hernando, Íñigo, Peque, Vicente, Arana y los cientos de fieles que les alientan han copado las portadas durante semanas con todo merecimiento, hasta que el pasado domingo se la pegó en Vila-real y se quedó a un solo gol, con todo a favor, de jugar el Playoff de ascenso a Primera.
El bajonazo, que ya lo había vivido una semana antes en un Sardinero lleno hasta la bandera frente al Zaragoza, es lo que en Cantabria se conoce coloquialmente como la paparda. Más allá de que esta palabra hace referencia a un pez poco conocido y difícil de verlo en las pescaderías que se dedica a la conserva, con una costera muy corta de apenas unas semanas (normalmente después del bonito), futbolísticamente tiene otro significado en el diccionario racinguista: derrota inesperada en un partido apático ante el rival peor clasificado y que ya no se juega absolutamente nada.
Normalmente las 'papardas' deportivas vienen acompañadas de duras críticas e imperdonables consecuencias. Y eso es precisamente lo que llama la atención en un caso como este que afecta directamente a José Alberto, su entrenador. El asturiano compartió ayer sus sensaciones en una carta al racinguismo y la respuesta popular, ya demostrada en La Cerámica y en el recibimiento al equipo en el aeropuerto montañés Seve Ballesteros, fue tan emocionante como inusual en este tipo de decepciones. Por mucho que cada uno tenga a sus particulares héroes en la cabeza, José Alberto es el más querido por lo que ha logrado, por lo que ha estado a punto de conseguir y, lo mejor de todo, por lo que se intuye que puede alcanzar.
🧢Racinguistas🟢⚪️ pic.twitter.com/GVqSFaafZK
— Jose Alberto López (@JoseAlbertoLpez) June 4, 2024
Preguntes donde preguntes, hay una reflexión común para entender esta realidad: le sobran los motivos. Es una figura de consenso que ha hecho de pegamento en una familia que andaba dividida con debates y fracturada por malvados sin sentimientos. Un entrenador que logró estabilizar a un enfermo que agonizaba, que le convenció de que estaba mejor de lo que parecía y que, mientras rechazaba ofertas del extranjero para dirigir en lo más alto, renovaba en El Sardinero hasta 2026. José Alberto es así, especial, y lo lleva demostrando desde hace más de veinte años, cuando comenzaba a llenar el campo de entrenamiento con setas y conos para dirigir con la máxima dedicación y profesionalidad a niños de tan sólo 4 años.
El técnico del Racing (Oviedo, 1982) no procede de las favelas, no ha pasado hambre, no ha tenido que cruzar ningún estrecho ni tiene una vida de superación que le eleve a mucho metros de distancia sobre el resto. Pero sí tiene una trayectoria que, cuando menos, merece ser recordada a hora que está en boca de todos por única, digna y conmovedora. No todo el mundo, por ejemplo, es capaz de entrar un día en Mareo para dirigir al Infantil B e ir subiendo categoría a categoría hasta entrenar al primer equipo. Ni hay muchos como él que sean capaces de realizar verdaderos esfuerzos, como estudiar de día, dirigir de tarde, entrenar de noche y trabajar de madrugada para poder labrarse un futuro en el que estos días no se atisba el horizonte.
Lo mejor del entrenador del Racing, para los que lo conocen de verdad, no es lo que ha hecho hasta ahora, sino cómo lo cuenta. Si coincides en un corrillo junto a él debes estar vivo: o le preguntas con insistencia o no te vas ni a enterar de que es uno de los entrenadores españoles con más proyección. Odia los protagonismos, el yo y la palabrería. Escucha más que habla. Quizás porque mamó esa sencillez en su casa familiar, a 200 metros del ovetense estadio Carlos Tartiere. Allí comenzó a oler la fragancia del fútbol, junto a sus dos hermanos (uno mayor y otro menor que él) que se hicieron del Real Oviedo mientras él, apoyado en que sus padres no eran de allí y que estaban en la ciudad de forma accidental y por trabajo, se vanagloriaba de que era del Sporting. "Por tocar las pelotas", como a veces reconoce con sorna y desveló nada más llegar en el serial de entrevistas que produce el club, 'Sonderklass', en el que tan bien pregunta el dircom Roberto González. Y eso que llegó a jugar en las categorías inferiores del eterno rival, al que admira y respeta.

Porque José Alberto intentó ser cocinero antes que fraile. Y en parte lo consiguió pese a no haber sido profesional por más de una lesión y un brote reumático que le apartó a la banda. Empezó en el Juventud Estadio con cinco años y no paró de dar patadas (al balón y al contrario) como central y más tarde como lateral derecho hasta los 19. Fue entonces cuando empezó a cambiar su vida. Primero estudiando Pedagogía y después Magisterio de Educación Especial gracias a la ayuda de su abuela, que le pagaba los estudios hasta que, muy joven, falleció. Aquella desgracia trastocó su la vida decisivamente. Sin acceso a becas, tuvo que decidir entre estudiar o trabajar para salir a flote por sí mismo, así que tras una buena pensada apostó por abrazarse a las dos salidas. Sin importarle que encima seguía jugando y entrenando.
Sus días, claro, eran de locos. Por la mañana, universidad. Por la tarde, formación para los niños. A la noche, entrenamiento como un futbolista más con su equipo. El último fue el San Lázaro, donde hacía de capitán. Y, ya de madrugada, a currar. Se fue a vivir a Siero y durante nueve años fue ("con mucho orgullo") reponedor de los almacenes de Ikea, con un horario de 4:00 a 10:00 donde comenzó a entender que el trabajo en equipo y los valores deberían tener su aplicación en el vestuario. A esas alturas ya entrenaba al Astur mientras echaba una mano en los Campus de Mareo. Hasta que un día, Emilio de Dios, entusiasmado por sus didácticas formas lo reclutó para el Sporting tras hacerse eco de los numerosos éxitos que estaba cosechando en el fútbol base y al ver que los futbolistas que pasaban por sus manos progresaban rápidamente. Allí hizo carrera durante 12 años.

Paso al profesionalismo
Sólo cuando su vida empezó a aclararse y tener un futuro más orientado al rendimiento que a la formación, comenzó a dejarse llevar por otras pasiones. Por fin, tenía algo de tiempo. Muchas veces se cobijaba en este tipo de herramientas como el camino más directo y eficaz para contrarrestar el estrés que se vive en su gremio y donde también, a veces, el sedentarismo deja huella cuando tu vida se resume a ver cientos y cientos de vídeos para estudiar al rival o mejorar a tus jugadores. El golf le ayuda mucho a ello. Y ahora, también el mimo a la nutrición. José Alberto ha llegado a perder 18 kilos este curso. Y eso, según él mismo reconoció en una entrevista reciente a Relevo, le ayuda a sentirse y pensar mejor. La estética no le importa, aunque su círculo de confianza también reconoce con gracejo que el traje azul marino que repite cada jornada (igual por superstición) le cae con este perfil slim fit como anillo al dedo.
José Alberto es tan diferente que hasta la configuración de su actual staff técnico regateó a la tradición. Su segundo, Pablo Álvarez, jugó en el Racing más glorioso de Marcelino que asaltó los cielos de Eurocopa y conocía a quien hoy es su jefe de refilón. Era asturiano y también se formó en Mareo, donde se saludaban tímidamente. No tenían más relación. A Pablo, un buen día le llegó una oferta de Segunda. Chema Aragón, director deportivo del Mirandés, le dijo en una charla informal que le gustaría que trabajara alguna vez en el club y que si le gustaría ser segundo entrenador. Así, sin más. Sin ponerle una fecha a la propuesta ni anunciarle quién sería el líder de filas. Obtuvo un honrado sí como respuesta y con eso se contentó.
Hasta que cerró en la temporada 2020-21 la contratación de José Alberto para suplir a Andoni Iraola y entonces volvió a telefonear a Pablo Álvarez: "¿Te acuerdas lo que te propuse? Pues ha llegado la hora. Ya tienes un primer entrenador". Pablo y José Alberto, a propuesta de Chema Aragón, comieron juntos en un restaurante de Gijón, se conocieron más a fondo, congeniaron, comprobaron que hablaban el mismo idioma y hasta ahora. Cuando José Alberto fichó por el Racing, después de su paso por otra caldera como la de Málaga, fue la única condición que puso: Pablo siempre a su lado.
En la era de los staff multitudinarios que van a todos lados en manada, esta pareja se presentó en El Sardinero sola y aceptó completar el equipo técnico con gente de la casa. Con máxima naturalidad, cercanía y flexibilidad. Por eso hoy, todos los currantes de La Albericia les adoran. No es para menos. En una charla hace un mes con este medio, el míster se sinceró: "Me veo preparado para entrenar en Primera, y puede ser y quiero que sea con el Racing". Es un hombre de palabra. Si no lo ha sido ahora, después de una paparda histórica, que nadie dude de que volverá a la carga.