Lágrimas de orgullo: el Racing ha vuelto para enterrar a Ali, Harry y Pernía

El Racing aún no es de Primera. Ni siquiera jugará el Playoff. Y puede que todavía le cueste algún tiempo más estar entre los mejores, que conste, pero si estos días han visto el mapa de Cantabria en rojo es porque la sangre vuelve a estar más caliente que nunca y conviene celebrarlo. El palo de quedar a última hora fuera de un sueño es duro, y conviene digerirlo bien. No se pudo jugar peor en Vila-real. Falló el plan, escasearon las fuerzas y las ideas y se echó de menos hasta amor propio. Pero cuando el luto pase, pocos clubes como él podrán decir que han vuelto para quedarse tras estar a un paso de desaparecer.
La última vez que El Sardinero tuvo aroma a Primera fue el 12 de mayo de 2012. Ha llovido desde entonces. Y en aquella ocasión hubo lágrimas de despedida y dolor con un estadio desangelado con 6.818 espectadores en las gradas. Aquella noche, con un montón de canteranos en el once, Álvaro Cervera en el banquillo, Varo y Stuani a los mandos y con revulsivos en la trinchera como Adrián, el hijo de Míchel, el Racing se despidió de la máxima categoría. Este domingo, 4.769 días más tarde y poco más de 13 años después, un buen puñado de fieles han puesto los pelos de punta en La Cerámica. Esta vez el llanto es otro. Desgarrador por tocar con los dedos una alegría que se resiste, pero también conmovedor y de sincero agradecimiento con una plantilla que ha devuelto el honor. Otros caídos fracasaron así y llegaron los reproches. Esta vez, en el funeral racinguista lejos de casa, sonó con fuerza y emoción la Fuente de Cacho.
Si hace nada todo eran días de vino y rosas en Cantabria fue, sobre todo, gracias a una nueva dirección que por fin honra al palco, a un entrenador mayúsculo que ha rechazado ofertas de Primera en el extranjero para transitar ese camino con los suyos, a una plantilla de muchísimos quilates que revaloriza el producto y contagia y, por encima del resto, a una afición leal y fiel que siempre, absolutamente siempre, dio la cara. Se plantó a su debido tiempo en perfecta comunión con la plantilla, fue paciente y exigió cuando tocaba y ha vuelto a llevar en volandas a un viejo herido hasta catapultarlo de nuevo a las portadas. Que lo que ha unido la honradez no lo separe un séptimo puesto.
El camino ha sido un verdadera campo de minas. Y conviene recordarlo. Como aquellas guerras que uno sufre, haya estado o no en la trinchera, o ha visto hacer mella en su árbol genealógico. Es justo dignificar la lucha y valentía de unos y denunciar las tropelías y las aberraciones de otros. Fue duro ver a este equipo arrastrarse en Primera Federación estos años cuando hace nada ponía contra las cuerdas en Europa al Schalke, Manchester City y PSG. Más que nada, sirva el ejercicio de rebobinar para coger impulso y homenajear a los que no están y sufrieron en vida con su equipo. También para entronizar a todos aquellos que se han dejado la piel arrimando el hombro. Y, cómo no, para enviar un mensaje a ese putrefacto grupo de malvados que jugaron con la ilusión. ¡Aúpa Racing y hasta nunca!
Después de haber tenido 16 entrenadores tras aquel doloroso descenso que precipitó la ruina, cinco directores deportivos, otro puñado de secretarios técnicos, varios cambios de accionistas y hasta cinco presidentes diferentes, el acta policial deja estos días un resumen tan peculiar como revelador entre lo colorido del confeti: hay varios políticos escondidos debajo de la mesa (y que no salgan), un antiguo dueño (Ali Syed) en paradero desconocido, un presidente que ya durmió en la cárcel (Harry) y otro gerifalte (Pernía) exiliado por la vergonzosa gestión que casi acaba con un histórico. José Alberto, Ezkieta, Manu, Germán, Iñigo, Peque, Vicente y Arana les han pasado por encima y han hecho latir de nuevo a todos al ritmo de La Gradona de los Malditos, ese sector que evoca a los primeros animadores de la peña Tirabeque y que recuerda siempre que el club es de su gente. Hablamos de una proeza. El resultado de esta tarde, aunque escueza, es lo de menos.

El Racing ha vuelto. Y eso está por encima de haber acabado muriendo en la orilla de los ricos. Su mayor trofeo es haber recuperado la estabilidad que tuvo durante buena parte de sus 111 años de historia, sin mirar atrás asustado, y que sólo unos trincones pusieron en peligro mancillando una imagen ejemplar que tantos y tantos trabajadores habían mantenido impoluta. Nando Yosu, uno de los abanderados de una estirpe modélica en el Cantábrico, estará con el pecho hinchado allá desde la atalaya con los suyos. Junto a Larrinaga, Alsúa, Óscar y demás leyendas. Con camaradas como Arteche y Gento. Y de la mano de Santi Gutiérrez Calle y otros currantes anónimos que elevaron a este club con su impagable dedicación. Eso sí, siempre y cuando mi añorado Manolo Preciado les deje hablar un rato con las mil anécdotas que habrá recitado en estas ilusionantes semanas.
El Racing sí que es más que un club. Lo saben los autóctonos y lo hemos comprobado los de fuera, que un día llegamos de visita momentánea y ahora estamos empadronados en la tierruca. Este gigante fue uno de los diez equipos que integraron la primera Liga en 1928. Fue el primer conjunto del que se retransmitió un partido en España: en Primera el 24 de octubre de 1954 ante el Madrid y en Segunda en 1972 ante el Murcia. Además, fue el primero que representó al país en el extranjero. Lo hizo en el Torneo Colonial de París en 1931. Por si fuera poco fue la primera entidad en convertirse en SAD el 24 de junio de 1992. Fue el primer equipo con extranjeros. Fichó en 1934 a los mexicanos Manuel Alonso Pría y a Luis de la Fuente. Y, para colmo, fue el primero en llevar publicidad en su camiseta. Lució Teka en el Bernabéu el 27 de diciembre de 1981. Hoy puede tatuarse a fuego que es el primero también en el arte de resucitar literalmente de entre los muertos. Obrando este necesario milagro, el regreso a Primera puede esperar.