Cuando Luis Aragonés hizo creer lo imposible a Juan Luis con una arenga en el hospital que vio toda España: "Hubo riesgo de amputación..."
El exjugador del Oviedo recuerda con Relevo la visita que el entonces seleccionador le hizo en 2007, su imborrable charla y el calvario que vivió con una lesión que acabó en un informe de incapacidad permanente.
Juan Luis Hevia (Sama de Langreo, Asturias, 46 años) surge por la puerta de la Redacción de Relevo y su aparición atrae las miradas. Origina un mínimo desconcierto. No brilla, pero conserva la planta y el estilo de quien procuró hacerlo en el fútbol. Nadie le conoce y, en cambio, todos saben quién es. Esta es una consecuencia del drama. Permanece lo que impacta, se emborrona la historia. La suya, vista de cerca, contiene elementos de tragedia. 16 años después, observándola de lejos, aparecen señales de comedia. Que irrumpa el temperamento de Luis Aragonés en tu habitación del hospital, en el peor momento de tu vida, cuando ya tu carrera no te importa y sólo quieres salvar la pierna y poder caminar, lo barniza con ese efecto.
Retrocedamos en el relato hasta el 6 de septiembre de 2007. Juan Luis, recién fichado por el Oviedo del Atlético de Pinto, se lesionó de gravedad en un entrenamiento. El choque con un compañero le provocó una luxación completa de la rodilla derecha. Los presentes en la sesión aseguran que los gritos del futbolista rasgaron la ciudad deportiva de El Requexón. "Me dijeron que hubo riesgo de amputación", admite. Afortunadamente, el doctor Antonio Maestro condujo con maestría la operación y logró salvar la extremidad. No la incertidumbre. Nadie aseguraba el futuro del deportista. Cuatro días después de la intervención, en medio de la angustia y sin aviso previo, apareció Luis Aragonés en el Hospital Central de Asturias.
Si el entonces seleccionador nacional decidió visitar al centrocampista fue por agenda pero también por apego. No sólo lo hizo porque la Selección se encontraba en Oviedo para jugar ante Letonia, sino porque cualquier revés que recibiera el club del Carlos Tartiere, por extensión lo recibía él. Con los ovetenses debutó como jugador en Primera (1960) y en la temporada 1999-2000 se convirtió en su entrenador. Ni el clima de tensión que envolvía a La Roja abortó la iniciativa. "Cuando le vi entrar me quedé en shock. Yo lo estaba pasando muy mal y me empezó a dar esa charla de ánimos... Me vine abajo", asegura Juan Luis.
Para quien no haya visionado el vídeo del discurso del Sabio de Hortaleza, o no lo recuerde, trataremos a continuación de recrearlo de la manera más fiel posible. Para quienes no lo hayan olvidado, nos esforzaremos por estar a la altura del momento. Aquello fue una Luisinha en toda regla, con el abanico de su vocabulario abierto: con sus 'y tal' y sus '¡eh!, con sus 'y voy, y voy, y voy' y sus cachetes en el cuerpo de un Hevia que sólo acertaba a asentir. Y a llorar. Los golpes sonaban tan fuertes como limpios. Era evidente que Luis no era un iniciado en eso.
La ¿arenga? duró casi un minuto y la transcripción es la siguiente:
"Pero... yo he visto a Martín Esperanza curarse de esto que tienes tú ¡eh! ¿Me escuchas? ¿Eh? Te voy a hablar fuerte además para que no... esto. ¡Que sales adelante, eh! ¡Que sales! Que te lo digo yo. He visto a Martín Esperanza y a algún otro jugador peor, y sales adelante. Ahora, con temperamento, con tal ¿eh? Seguro. ¡Venga! Te digo, te hablo fuerte porque sé que... que tal. Y eh, que, ahora sí que dependes de ti, y dependes de tal y decir va, y voy, y voy, y voy. Martín Esperanza todo, porque tú tienes los meniscos hasta bien, ¡él no tenía ni menisco!, ¿eh? ¡Venga!".
"Con este vídeo pasé varias etapas. Cuando se cumplió el primer año de la lesión lo veía y lloraba. En el segundo me emocionaba. En el tercero, un poco mejor. Y después ya me fui poniendo ante él como un aficionado más. Me río de cómo me hablaba, me golpeaba. Lo he visto mil veces", confiesa Juan Luis, con una expresión que nada tiene que ver con la que desprendía en aquella cama de hospital. Ahora no para de sonreír. Es de esas personas que parecen buenas de una manera arrebatadora. Y un apunte que, sin duda, carga a este encuentro de verdad: no responde a preguntas, conversa.
La minería, el Oviedo y un sueño roto
Su tierra, Asturias, le dio el talante y su padre, minero, la personalidad. Ganarse la vida en las tripas de la tierra, jugando a diario con el riesgo, acaba moldeando el modo de enfrentarse al mundo: "Desde niño me inculcaron honradez, responsabilidad, valores. El suyo era un oficio duro y aprendí que nada es fácil". Con ese espíritu se lanzó al fútbol hasta convertirse en uno de tantos jugadores que se curten en las galerías subterráneas de la élite.
Con 10 años comenzó en el Unión Popular de Langreo ("Allí coincidí con David Villa; él estaba en alevines y yo en cadetes"), Pepe Carrete le llevó de la mano al primer equipo (1997-98) y a partir de ahí escribe su currículum: Pontevedra, Caudal, Pájara Playas de Jandía ("¡Me enfrenté a Zidane en la Copa!"), UD Las Palmas, Alcorcón, Atlético de Pinto y, en 2007, Oviedo. "Recibo una llamada de Mata, el padre de Juan Mata, que en esa época formaba parte del plan de fichajes del club. Me dice que querían rescatar a jugadores asturianos que sintieran la camiseta, con experiencia. Fue una sorpresa y una ilusión. Me costó poco decidirme. No sólo porque lo veía como mi último cartucho en el fútbol. ¡Era el Oviedo!", exclama. Tenía 30 años.
La ilusión por retornar a las raíces y el deseo de sacar al equipo de Tercera y colocarlo donde le correspondía por historia se doblaron a las pocas semanas, sin tiempo para demostrar. Sólo jugó el primer partido de Liga, frente al Colotto (triunfo 0-2). El segundo se suspendió porque la Selección iba a enfrentarse en esas fechas ante Letonia, encuentro de clasificación para la Eurocopa de 2008. Fue en esa semana, en el entrenamiento del 6 de septiembre, cuando su carrera se derrumbó. Todo voló por los aires. Juan Luis narra la desafortunada acción con todo detalle, como si la estuviera analizando en un monitor: "Era un partido de porterías reducidas, tres para tres porque al míster, el Lobo Carrasco, le gustaba ese tipo de ejercicios dinámicos, intensos. Recuerdo que era una mañana soleada, pero el césped estaba mojado, como siempre en El Requexón. Y en un momento determinado, a un compañero se le va el balón largo. Yo voy al cruce y se me va un poco la pierna de apoyo. Se me queda la pierna totalmente recta con todo el peso apoyado. Y Stefan me golpea la tibia. Con todo el... Una jugada de mala suerte. Stefan estaba casi más afectado que yo. Fue un momento muy doloroso. Bueno, el final de mi carrera". La última frase es triste. La que pronuncia después, aligera el peso y atribuye importancia a lo importante: "Lo principal en ese momento era salvar la pierna".
¿Hubo riesgo verdadero de perder la pierna?
Me lo dijeron los médicos. Yo recibo el golpe y cuando caigo al suelo veo lo que ha pasado. Lo primero que hago es coger la pierna, mi instinto fue ese. Y noto que no tengo sensibilidad. De rodilla hacia abajo no siento absolutamente nada. Cuando llega el fisio, Barreto, le digo que no tengo sensibilidad, y él ya sabe lo que había. Llamó a la ambulancia. Era una lesión gravísima en la que corría peligro incluso casi la vida. Había riesgo de trombo. La ambulancia tenía que venir de Oviedo a El Requexón… Fue un momento de muchísima tensión. Me intentaron relajar, me pincharon. También estaba conmigo el capitán, Diego Cervero, que estudiaba Medicina. En ese momento yo no sabía que la pierna corría peligro. Fue a posteriori. Cuando llego al hospital, entro por Urgencias y veo a los médicos muy nerviosos. Pensaban que era una luxación de rótula, y cuando vieron el nivel de la lesión observé que algo muy grave podía pasar. Me sedaron, llegué con bastantes dolores, no aguantaba mucho más. Al despertar, me vi en una cama, con la pierna vendada. Me dijeron que estaba de enhorabuena, se había salvado la pierna. El traumatólogo me aseguró que el 90% de esas lesiones conllevan una amputación. La arteria estaba obstruida. Cada dos o tres horas venían a tomarme el pulso en la pierna para ver cómo evolucionaba. Fue un shock brutal. Cuando ocurre todo, tú lo que piensas es '¿y el fútbol?'. Pero claro, cuando te sueltan eso dices 'la vida, la vida sigue'. Así que mala suerte no, tengo que dar gracias.
¿Sigues pensando en aquella jugada?
Alguna vez. Pero tengo que confesarte una cosa. Aún no he podido ver las imágenes.
¿Aquel entrenamiento está grabado?
Había periodistas allí. De aquellas, La Nueva España o La Voz de Asturias siempre lo grababan y tengo el vídeo.
¿Y es verdad que nunca lo has visto?
Lo intenté, pero no... El sonido real era brutal, o sea, verme a mí en el suelo gritando, uf… Tengo un CD con las imágenes en una caja cerrada, en mi casa. Nunca pude.
Con el que ya puede disfrutar sin que asome una lágrima, permitiéndose incluso bromear sobre sí mismo, es con el vídeo de la visita de Luis Aragonés durante su convalecencia en el Hospital Central de Asturias, recién operado y con toda la información sin madurar. "Nadie me avisó. Recuerdo que una tarde se abre la puerta y entra un cámara. El compañero de habitación me mira. Nos quedamos asustados. De repente un fotógrafo, gente de la Federación Española de Fútbol… y Luis. Fue muy emocionante. Sabemos lo que representaba para el fútbol español y no tenía necesidad de ir a ver a un chaval que se ha lesionado. No pude articular palabra", dice.
Cuando el seleccionador comenzó con su soflama, en la cara del jugador del Oviedo entraron, a la vez, el llanto, la sorpresa, la descomposición, el aturdimiento. "Yo he visto a Martín Esperanza curarse de esto que tienes tú ¡eh! ¿Me escuchas?". Y Juan Luis asentía con la muñeca izquierda apoyada en la frente. "¡Que sales adelante, eh! ¡Que sales! Que te lo digo yo". Y Juan Luis pestañeaba. "He visto a Martín Esperanza y a algún otro jugador peor, y sales adelante". Y Juan Luis miraba, entre hechizado y extrañado.
Dime la verdad, ¿te estabas enterando de algo?
(Risas) Sí, yo aparte de llorar, lo estaba escuchando, lo estaba escuchando. He tenido la suerte de jugar en el Pontevedra y entonces sabía quién era Martín Esperanza, había formado parte del club y supe qué le pasó.
[Luis Aragonés conoció a Martín Esperanza en el Betis. Fue con el conjunto bético, y en un partido en el Camp Nou en la 1961-62, cuando el gallego se rompió los ligamentos cruzados. Permaneció varios meses de baja. Muchos dieron por truncada una carrera prometedora. El Betis lo cedió al Algeciras y, poco después, fichó por el Pontevedra. Se repuso completamente y se convirtió en uno de los pilares de un equipo de leyenda, el del 'Hai que roelo'].
Luis tomó el ejemplo de un amigo para meterse en un terreno en el que se manejaba con gran habilidad: el de la motivación. Guardaba la virtud de convencer. La que impulsó a su Selección a ganar la Eurocopa de 2008 y la que hizo creer a Juan Luis: "Fue brutal, brutal. Yo sabía que no iba a volver a jugar al fútbol, lo sabía, lo tenía claro. Pero el hecho de que él me hablara con esa sinceridad, con esa potencia, con cómo es él, era como… 'A ver si voy a poder volver a jugar'. Me dio esperanza. Pensé: 'Ojo que igual hay una posibilidad'. En mi cabeza sabía que era imposible pero en ese momento yo pensé… Me pude imaginar jugando".
"Yo sabía que no iba a volver a jugar al fútbol, lo sabía. Pero Luis Aragonés me habló con esa potencia que pensé: 'Ojo que igual...'. Me dio esperanza"
El seleccionador permaneció después varios minutos hablando con él, le regaló una camiseta firmada por la plantilla y le confesó que varios jugadores, como Villa, habían querido ir a visitarle pero que fue él quien decidió que permanecieran en el hotel, concentrados. Eran tiempos sísmicos en La Roja. De hecho, después del encuentro de Oviedo, y pese a ganar 2-0 a los letones, se desencadenó una crisis con la Prensa que llevó a Luis a no hacer declaraciones y a marcharse a Madrid por su cuenta en coche.
"El mismo día que me visitó, recibí un mensaje de Xavi, que era el capitán entonces. Me sorprendió. Era un mensaje de ánimo, en la línea de que luche, de que con fuerza se puede salir. Muy emotivo, con mucha fuerza. Le quiero agradecer el gesto porque nunca he coincidido con él para decirle 'yo soy la persona a la que aquel día tú apoyaste'. Igual que con la figura de Luis: sólo tengo agradecimiento, emoción. Siempre se le tachó de tener mucha personalidad, pero su corazón era brutal. Su gesto fue el más importante que han podido tener conmigo en una carrera deportiva", se emociona.
Cuando las cámaras se apagaron, la habitación se vació pero Juan Luis se llenó de interrogantes. Era consciente de que por delante le esperaba un calvario que relata aún impresionado: "Fueron 16 o 17 meses muy duros porque, aparte de la arteria, luego tenía el ciático poplíteo externo golpeado. El pie lo tenía colgando. Me pongo en las manos de Manuel Barreto, que era el fisio y otra persona a la que quiero agradecer todo lo que ha hecho por mí. A su hijo Diego, Gabri, a todo su equipo… Yo salía todos los días llorando de El Requexón. Mis voces se escuchaban desde fuera. A las personas que estaban conmigo las mataba del disgusto cada vez que Diego Barreto tenía que ganar un grado más en la rodilla. Los primeros meses fueron durísimos porque, evidentemente, la rodilla había perdido toda la movilidad. Poco a poco íbamos progresando, pero el ciático, el poplíteo externo no reaccionaba… Me hice muchas pruebas. No sabíamos si estaba seccionado o no. Había que esperar. Y a los 12 meses el nervio empezó a activarse. Para nosotros fue un notición".
Poco a poco, Juan Luis fue recuperando movimiento. Transcurrido un año de rehabilitación se había logrado casi una rotación perfecta. El pronóstico era inmejorable. Para la vida, no para el fútbol. El balón ya no le pertenecía. "El doctor Antonio Maestro, que fue quien me intervino, ha reconocido que fue la operación más grave de su trayectoria. Hizo una maravilla. ¡Y era el jefe de los servicios médicos del Sporting! (risas). Entre todos hicieron un trabajo espectacular para que yo ahora pueda andar", afirma.
"Fueron 17 meses de recuperación. Salía todos los días llorando de El Requexón. Mis voces se escuchaban desde fuera. A las personas que estaban conmigo las mataba del disgusto"
A los 14 meses de la lesión, el doctor le preparó toda la documentación para acudir al Tribunal Médico y someterse a una valoración. Salió de allí con la incapacidad permanente total bajo el brazo. El Oviedo fue un clavo al que siempre pudo agarrarse porque el club se volcó con él. Le ofreció un servicio de psicología ("Me vino muy bien"), el entrenador, el Lobo Carrasco, le nombró capitán pese a no poder pisar el césped ("Nunca lo olvidaré") y recibía homenajes en peñas. Pero llegó el día de anunciar su retirada. Lo hizo sin dramas porque no había otra puerta por la que salir. "Y a otra cosa, mariposa", se encoje de hombros.
Se desvinculó del fútbol para engancharse a su mujer y a su hija Paula, de 13 años, con quien ha jugado (y juega) como no creía en aquel septiembre que llegaría a hacerlo. Sigue practicando deporte, nada de impacto, y se gana el sueldo gestionando una empresa de eventos que ofrece servicios de coches con conductor y azafatas. "Estoy contento. Soy profesor de Educación Física y tengo el título de entrenador hasta el segundo nivel, pero mi vida se encauzó por otro lado y feliz. Al fútbol no lo miro con rencor ni envidia, ya soy un aficionado más. Lo único que hago es dar gracias".