Menotti, en el lado bueno del camino

"Estoy muy bien de salud, pero es complicado alcanzar la felicidad en un mundo como el de hoy, más aún con la profunda dificultad que atraviesa mi país. A mi edad lo que mejor me funciona es la cabeza, escribo mucho y tengo muchas ganas de hacer una película de fútbol, también tengo una escuela de entrenadores. Eso de día, y por la noche me divierto", se reía, con ese sentido del humor ágil y sarcástico del buen argentino. Pero no mentía, y hasta hace muy poco, seguía escribiendo sus pensamientos e ideas y estaba empecinado en convertirlo en un contenido audiovisual que quedara para el recuerdo.
Así arrancaba mi última charla con César Luis Menotti en Relevo, hace poco más de un año. Fueron casi dos horas sobre el fútbol, la vida, la política, la literatura e incluso sobre música. No había dejado nunca el aire melancólico por el pasado, porque para él siempre fue mejor. El fútbol actual estaba demasiado encorsetado, sólo un par se atrevía a intentar una segunda gambeta después de haber fallado una primera. La vida era como el fútbol, se medía por los resultados y no por lo gozado. Las prisas y el éxito nos estaban matando. E intuyo la desazón que le estaría acechando con su Argentina en las manos perdidas de Milei. Quizás prefirió hacer uso de su don visionario y no ver lo que está por venir.
La literatura le acababa salvando, y justo cuando sonó mi llamada Madrid- Buenos Aires, me confesó que sostenía un libro de Montalbán, que le ayudaba a reflexionar sobre el movimiento y el éxito, como rezaba su título. La música también prefería la de antes, la de Serrat, o por lo menos la de su querido Fito Páez, rosarino como él, que le cantaba: "Me gusta estar al lado del camino, hablamos del peligro de estar vivo. Fumando el humo mientras todo pasa, me gusta regresarme del olvido, para acordarme en sueños de mi casa, del chico que jugaba a la pelota...". Y en el silencio de su casa, cada día más lejano por las carcajadas de los nietos, sonaba un tango, con ese sonido de un bandoneón que extrañaba y le seguía llevando a los lugares más arrabaleros. Allí donde esperaba algún día encontrar de nuevo a algún Aimar, y cómo no, a un Diego, al que acompañó y guio por Barcelona a principios de los 80. En nuestra conversación me negó hasta la saciedad que Maradona probara la droga por entonces. Y él, que no actuaba de espía, se limitaba a sentarse a tomar algún trago en los reservados de las discotecas que frecuentaban sus futbolistas, pero de lejos, como quien se aposenta sobre un trono y visualiza siempre antes lo que va a acontecer.
César Luis Menotti fue contactado para ser homenajeado en La Noche del Rey.
— C. A. Independiente (@Independiente) May 5, 2024
Por motivos de salud no pudo asistir, pero dejó en palabras lo que significaba #Independiente para él y todo el fútbol argentino.
Hasta siempre, Flaco. pic.twitter.com/juiftLlYTn
Para entonces, Menotti ya había logrado ser campeón del mundo en el 78, y más allá de lo que aquel título pudo sumarle a su vida y palmarés, se sentía dignificado y respetado por que le tomaran, como me dijo, "como un tipo que no dice boludeces".
Las prisas de obituario tampoco son una excusa, pero estoy segura de que puedo pasarme días tratando de dar con alguna 'boludez' y no lo conseguiría. No encontraría algo que no estuviera sustentado. Una creencia que además no haya terminado teniendo una base tangible que fue, ha sido y será escuela en Argentina y en el mundo entero.
Recurro a mi osadía ya que estoy. 'Narigón', por siempre en las antípodas de Carlos Bilardo, tal vez es hora de perdonarse. Si al fin y al cabo, los dos creyeron, a su manera más antinómica, en un cielo albiceleste capaz de tapar una dictadura, sangre de Malvinas y una desesperanza que perdura. Y yo, que tuve la suerte de realizar una de las últimas entrevistas que pudo conceder Bilardo, antes de su empeoramiento de salud, además de la mencionada a Menotti, prefiero imaginar un abrazo entre ambos, enterrando un hacha de guerra que al fin y al cabo, entre bilardistas y menottistas, siguieron avanzando y alimentando esta leyenda sin fin.
Aquellas dos horas de charla yo las hubiera alargado, pero él incluso se mostró pudoroso: "No quiero aburrirte, ya cuando vengas aquí te invito a mi casa y seguimos charlando, así ves lo que tengo arriba de un piano: fotos con Di Stéfano, Cruyff, Pelé, Maradona y Kempes y no permito que nadie las mueva, a no ser que vayan a tocar el piano. Lo estudié dos años, pero me da vergüenza tocar el piano, sólo juego con él", me confesó. Y así se pasó la vida, jugando. Defendiendo el fútbol con el que él había crecido y soñado, hasta ser campeón del mundo. Algo de razón tenía. Pero no valía con ganar, porque eso no le divertía. Le divertía jugar bien, como al Diego, con el que ya estará animándole a que haga una gambeta más, siempre una más. Pero esta vez no habrá reproches con el 10, con ninguno. Ya están los tres ahí arriba: "Cuando me levanté a la mañana, no quería saber, y cuando me dijeron que había muerto Pelé… Ahí sí lloré. Y donde estoy sentado ahora, un día me llama mi hijo para decirme que se había muerto Maradona. Me agarró un ataque de odio por todos los que le rodeaban", me contó aquel día, todavía enojado.
No me dio tiempo a verle sentado en aquel piano y me llevé otra lección, y es que los abrazos se dan en vida. Tampoco sé si me hubiese atrevido a tocar alguna de sus fotos. Ahora hay una de un 'flaco', caminando por el lado zurdo del camino. Suena Gardel de fondo, junto a los aplausos de quienes le agradecen no sólo por ser campeón del mundo, sino por haber cumplido su promesa: cuidar, amar y respetar la pelota hasta que la muerte les separe.
Buen viaje y gracias, don César Luis Menotti.