Que nadie lo olvide: la Selección no sólo sabe quejarse

La mejor noticia de la Selección es que llegó a Suecia descompuesta y salió al estadio Gamla Ullevi con el rostro de campeona del mundo. No hay suficientes Rubiales, Camps o García Cabas para quitarle el brillo a la estrella y el amor propio a una generación única de futbolistas. España aterrizó en Gotemburgo con un desgaste anímico feroz, sin dormir y con un estrés acumulado tras el mayor tsunami deportivo que se recuerda. Lejos de volver de la batalla con el ánimo de veteranas de guerra, lo hizo con orgullo y fútbol. Después de que los líos y la vergüenza sepultaran el mayor logro de la historia del fútbol femenino español hace un mes, esta plantilla se ha encargado de recordar que no sólo sabe alzar la voz en los despachos. También sabe jugar muy bien con la pelota en las brasas.
Muchos daban (dábamos) el partido contra las suecas por perdido. Su posición en el ránking, número uno, y el complicado contexto que envuelve a la selección española parecían suficiente argumento para ver ya los Juegos Olímpicos como un destino empinado y con espinas. Sin embargo, Alexia, Irene Paredes, Aitana, Mariona, Athenea y compañía han vuelto a ser un ejemplo de esa profesionalidad que a veces se les ha cuestionado. Lograron el triunfo en el 95', punto kilométrico del éxtasis. Otra conquista que tiene tangibles (primer puesto del grupo en la Nations League) e intangibles incalculables.
"Venimos enfadadas, pero venimos. Es lo que tenemos que hacer para que los acuerdos sigan adelante y para no pasarle a las Sub-23 una bomba", declaró el jueves Paredes, que fue, junto con la de Alexia, la voz de todas, un imperio que quedará como herencia de futuro.
Ya saben. Cuanta mayor es la dificultad, mayor es la gloria. Y esta Selección no sólo ha ganado un Mundial en el peor contexto. Ha roto lo que para algunos son obstáculos y para todas son grilletes. El primero, el del silencio. Un lujo para los que custodiaban sistema y sillones y que las futbolistas no podían permitirse más. Cada silencio tiene sus consecuencias. Normalmente nefastas. Porque aquello que no se dice, que suele ser lo que mas nos hiere, no existe.
Este es el mayor aprendizaje que ha tenido este grupo. Hace un año estalló la crisis de Las 15 y la metralla acabó hiriéndolas. Uno de los motivos por los que les volvió el boomerang fue la ausencia de exposición, de explicaciones con altavoz y entrañas. Para borrar sospechas, sonrisas de condescendencia y, sobre todo, dudas. Los comunicados se leen e interpretan con la visión que cada uno tiene del mundo, unas gafas de cerca que no permiten ver más allá de las narices; la voz, en cambio, es autoridad inequívoca.
La lección, como demostraron Alexia e Irene Paredes, está digerida. Son conscientes de que, en algunos momentos, no lo hicieron bien. Por reservas o inexperiencia. Ahora sus discursos son de los pueden cambiar cauces de río. Aún hay sectores que les siguen reclamando mejores explicaciones, detalladas con precisión de cirujanas, sobre lo que les ha llevado a poner a una institución como la Federación Española contra la pared. Eso demuestra lo siguiente: que vuelve a ponerse de manifiesto cómo las jugadoras deben esforzarse el doble para ser creíbles. Parece que están obligadas a convencer. Y eso es parte del problema. Como un cuervo, siempre sobrevuela el capricho o el chantaje. ¿Por qué no preguntan a la RFEF? Ellas están haciendo una llamada, un grito cansado para decir que su vida, la de todas las mujeres, fue hasta ahora un ensayo. Con balón y sin él.
El primer obstáculo que han fundido es el silencio, decíamos. El segundo, están en ello, es la "discriminación sistemática" que durante décadas ha sufrido y ahogado a la selección femenina. Lo están agrietando con madurez (aunque les llamen niñatas por reclamar derechos), responsabilidad (aunque las tachen de irresponsables por plantarse antes de jugarse un partido clave) y criterio. Aún falta por verlo en escombros, pero el derrumbe es imparable.
Las diferentes futbolistas que han pasado por el equipo nacional han tenido que lidiar con pellizcos en las mejillas, con condiciones muy lejos de ser las más adecuadas para ejercer la profesión, con desigualdad en cuanto a recursos deportivos y logísticos, con reproches pueriles, con desconfianza, con impermeabilidad, con la normalización de lo anormal y con ese machismo que se enmascara de "inocencia" y que es el más peligroso. Así que por más que ahora todos empiecen (empecemos) a llamarlo todo igual para equiparar listones, la verdad es que el trato ni era ni es el mismo.
Futbolistas como Vero Boquete comenzaron a abanderar el cambio. Sin embargo, se quedaron por el camino (las apartaron en la cuneta), como esos soldados de los que hablaba Nietzsche caían sobre la nieve. También por falta de fuerza en la unidad. Ahora es distinto. Las jugadoras de la Selección, aún con diferencias entre ellas, han asimilado que para que el miedo cambie de bando deben, en primer lugar, acompasar el paso. Y en segundo, metabolizar que su movimiento ya trasciende el fútbol. Cambiar hoy su mentalidad de futbolistas para impulsar un cambio que será recordado por las mujeres del mañana.
Esta agitación de conciencias que han provocado en la sociedad va más allá de un piquito a Jenni, diminutivo que procede de ese machismo que le resta importancia a todo lo que veja. Va de que el que mundo, tal y como estaba montado hasta ahora, es inadmisible e improrrogable. De que se acabó. De marcar precedentes en la sociedad. De romper con lo establecido. De intentar que, como en La llamada, compartir la tristeza para que se vuelva rabia y cambie vidas. De no ser sólo futbolistas. Aunque jugando a esto de la pelota, como se vio ante Suecia, son extraordinarias. A pesar de los líos y el insomnio.