Y ahora, Pepe Domingo Castaño, ¿a quién acudo?

Yo no conocía a Pepe Domingo Castaño y por eso, antes de continuar, quiero pedir perdón a los lectores y lectoras que sintieron el impulso de leer este vómito suponiendo que quien lo escribía guardaba una amistad profunda con él. No. No le vi ni una sola vez. Ni estreché su mano. Ni me invitó a sus numerosas celebraciones. Ni me dedicó sonrisas ni rancheras. Sin embargo, cuando supe que se le habían acabado las palabras sentí la necesidad de llorar con las mías. No se marchó ningún amigo. Se fue quien limpiaba una vida que se ensucia, la mía, la de todos. Murió una vida dentro de la propia.
Porque hay personas (muy pocas) que se cuelan en tu existencia y sellan acontecimientos, les dan color y los amplían. Que no solo están en la Historia, sino que forman parte de la tuya. Suelen ser los que, aún sabiendo que no pueden salvarse de la muerte, hacen lo posible para salvar al resto de la vida. Y Pepe Domingo era de ellas. Su voz era el refugio donde todo dolía menos. Incluso los domingos y sus atardeceres, que te acorralan en un callejón cuando menos te lo esperas.
Ese "¡Hola, hola!" era decirle adiós por unos instantes a lo que te pesaba. Acudías a él como quien va a comprar lo que uno necesita. Una botella de agua para apagar la sed, un sillón para el cansancio. Acudías a Pepe después de una comida, de una boda o de un funeral, antes de una fiesta o simplemente siempre porque no concebías un gol sin su patrocinio, una jugada polémica sin su sensatez, un Grupo Risa sin la suya al inicio. Y ahora, ¿a quién voy?
Dicen que para conocer bien a la gente hay que hacerlo en las desgracias. Yo opino lo contrario. Es en el éxito cuando se ve de qué material está hecho el corazón. Solo hay (había) que escuchar a Pepe cuando recibía un premio. De su boca únicamente brotaba el agradecimiento a sus compañeros, a quienes le facilitaban el camino porque a veces la voz también se desgarraba. Sólo conjugaba la primera persona del plural. 'Sólo' amaba la vida. La bondad va de la mano con la inteligencia.
Escuchar el llanto de sus amigos de Cope, de Paco, Lama y Juanma, del deporte, del periodismo, de Padrón, de su familia, de los que no le vieron ni una sola vez ni estrecharon su mano, es calibrar la profundidad de hueco que deja.
Los que acumulamos ya años sabemos que el tiempo aplacará el dolor, que se volverá a sonreír, que se volverá a escuchar la radio, que se volverá a jugar, que volverás a encajar tus piezas. Pero también sabemos que aunque de nuevo todo se ponga en su sitio, algo estará fuera de lugar, ya nada será igual. Tuvo que irse un domingo para recordarnos que nunca le vamos a olvidar. Hola, hola, Pepe.