OPINIÓN

Políticos y directivos: no sean oportunistas y no tomen el nombre de Vicente del Bosque en vano

Del Bosque, en el palco, viendo el partido de España ante Albania. /EFE
Del Bosque, en el palco, viendo el partido de España ante Albania. EFE

La situación, la escena, en el palco del Merkur Spielrarena de Dusseldorf, no se puede volver a repetir. Jamás. Nunca más. Fue una falta de respeto. Una falta de educación vital y deportiva contra un hombre que está, o debería estar, por encima de todos los que la provocaron y permitieron que se hiciera realidad. De esos dos equipos no voy con ninguno. ¿Con quién han empatado los políticos del Gobierno y los directivos de la RFEF para admitir que finalmente se diera ese escenario en un estadio repleto de aficionados y con las cámaras de televisión presentes?

Me refiero a la patética imagen que se creó en el palco en torno a un Vicente del Bosque que hubiera mandado un bizum a quien fuera menester para no estar allí. Seguro. Y me permito tal aseveración porque creo conocerle lo suficiente como para emitir tal sentencia sin temor a equivocarme. No estamos hablando de un cualquiera, ni de un 'don nadie'. Se trataba de una leyenda viva. De un ídolo. Un espejo. Uno de los nuestros. Un campeón del mundo y un campeón de Europa con la Selección, por no recitar sus múltiples títulos con el Real Madrid.

Detrás de esa efigie bonachona, de ese pelo canoso blanquecino y de ese bigote que piensa y habla por sí mismo, existe una eminencia del fútbol mundial. Ni esos políticos incapaces desde hace años de dirigir la estrategia deportiva de este país; ni esos directivos de la RFEF que quieren ignorar que están puestos a dedo por el expresidente imputado e inhabilitado, tienen derecho a utilizar su nombre en vano. Ni jugar con su persona. Ni con su figura. Ni con su indiscutible bondad. Tampoco con su pasado que siempre será presente y que no se merece el futuro provocado para que ellos, los políticos y los directivos, saquen adelante sus pueriles intereses particulares de permanencia.

Hay que ser maledicentemente, maquiavélico, para pedir a Vicente del Bosque que forme parte de un comando que ayude a echar de su trono a un presidente federativo que, evidentemente, nunca tenía que haber llegado donde ha llegado. Que fue nombrado a dedo por un siniestro personaje, pero a quien, al final, ha votado para estar donde está el accionariado del fútbol. Los parásitos federativos de siempre. Del Bosque no se ha dejado las caderas, las rodillas y la columna en los terrenos de juego para que ahora, desde un despacho, aunque sea el del presidente del Gobierno, o el de la ministra del ramo, se le pida y se le ruegue que acepte un cargo en una comisión que nació muerta y que nunca tendrá ni voz ni voto porque no tiene espacio natural.

Acepto como animal de compañía que nadie obligó a Vicente a aceptar el puesto de presidente de la Comisión de Supervisión, Normalización y Representación. ¡Hasta el nombre está mal parido! Confío también en que tomara la decisión él solito, por convencimiento y no con presiones, ni recordatorios de decisiones pasadas, cuando los mismos políticos, o al menos del mismo color, le ofrecieron ser director del Consejo Superior de Deportes y el interesado contestó que "gracias, muchas gracias presidente, pero ese no es mi terreno de juego".

La realidad es que un mes y pico después, Vicente del Bosque se encuentra en tierra de nadie. Los que le han nombrado para un cargo sin explicar cuál era su papel exacto en esta guerra cainita con la Federación le han dejado desamparado ante la opinión pública y los medios de comunicación. Y los de su casa de siempre, con la que ganó todo lo que ganó, le ningunean de mala manera haciendo prevalecer su actual rol por delante de lo que realmente Vicente significa para el fútbol español. Le pese a Rocha y sus asesoras, empeñados en ignorarle, Don Vicente siempre será Don Vicente. Campeón del mundo. Campeón de Europa. Campeón de vida, comportamiento y saber estar. Eso ya no se lo puede quitar nadie. Lo lleva dentro por mucho que ahora algunos y algunas quieran poner una foto suya en una diana a la que llaman traición. Bueno, tratándose de políticos y directivos, de traiciones, mejor no hablamos. En un partido entre ellos me gustarían que perdieran los dos.