Mis peripecias en Múnich: Pfaff se puso la camiseta del Real Madrid, el Bayern se entrenó con máscaras, una profecía de Hugo...
Recuerdos de Múnich. Al margen de lo ocurrido sobre el terreno de juego, las 13 visitas blancas a la capital bávara encierran una trastienda vivida en primera persona.

El Clásico de la Copa de Europa/Champions tiene, sin duda, su libro por editar. Los Bayern-Madrid, Madrid-Bayern, son un pozo de sabiduría futbolística. Tanto por lo sucedido sobre el terreno de juego, como por cómo se cocieron todos y cada uno de esos enfrentamientos con fuego cruzado de declaraciones y múltiples anécdotas que fueron enriqueciendo la rivalidad hasta convertirse en la reina de todas las rivalidades con 32 duelos, todos en la competición continental por excelencia y ninguno en una final.
En Múnich, hasta ahora, se han disputado 13 encuentros y quien esto escribe ha tenido la fortuna de cubrir una decena de ellos en directo. Más en el estadio Olímpico que en el Allianz, que fue, por fin en 2014 y después de 11 partidos, donde llegó la primera victoria del Real Madrid. Allá por los 80 y los 90, informativamente, eran otros tiempos en los que los periodistas deportivos teníamos infinitas más posibilidades para realizar nuestro trabajo que, por ejemplo, en lo que va de siglo, donde poco a poco se fueron cerrando casi todas las puertas, amén de los aviones y los hoteles.
Antes de entrar en el recuerdo de cinco historietas vividas en primera persona relacionadas con los desplazamientos del Real Madrid a Múnich, como simple ejemplo, desempolvaré los reportajes que pude realizar en la casa del Bayern en las temporadas 86-87 y 87-88, segunda y tercera oportunidad en que ambos equipo se enfrentaban. La primera había sido en el curso 75-76 con triunfo bávaro en las semifinales. En las dos oportunidades acompañado de un fotógrafo, pasamos más o menos una semana en la capital bávara con desplazamiento incluido si el Bayern jugaba algún partido de Bundesliga o de la Pokal.
En el primer viaje, gracias a las facilidades de los propios jugadores y del club, entrevistamos y fotografiamos de manera individual al presidente, Fritz Scherer; a Paul Breitner, el primer futbolista que había defendido las dos camisetas; al entrenador de turno, Udo Lattek; a Uli Hoeness, mánager general; a Jean Marie Pfaff, el portero internacional belga y titular en la portería muniquesa; a Lotthar Matthaus, la estrella del equipo que incluso nos invitó a realizar el reportaje gráfico en la MarienPlatz, centro neurálgico de la ciudad; a Dieter Hoeness, hermano de Uli y delantero del equipo... y algún contacto menos intenso con un par o tres más de jugadores.
En la segunda temporada, repetimos cita con el presidente; Heynckes tomó el relevo de Lattek; Pfaff repitió entrevista a petición propia; también volvió a comparecer Matthaus; Augenthaler, como capitán, nos explicó cuál era la situación del equipo y sus diferencias con el año anterior y, finalmente, Mark Hughes recordó su paso por el Barcelona y reconoció que estaba dispuesto a hacer de espía de Heynckes y contar todo lo que sabía del Real Madrid. Todo eso además de ser testigo de excepción de una de las 'historietas' que vienen a continuación.

1986-87. Pfaff se pone la camiseta del Real Madrid
Después de bromear unos minutos sobre el Bélgica-España que él, como portero de la selección belga, había vivido el mes de junio anterior en el Mundial de México y la tanda de penaltis en que los suyos salieron ganadores gracias a su parada ante Eloy ("Le puse un poco nervioso"), el protagonista se sienta ante el periodista y sorprende su comienzo floral. "Ahora mismo mi máxima ilusión es jugar en un equipo español. Sería el mejor regalo que le podría hacer a mis tres hijas, que están enamoradas de su país; si fichara serían las más felices del mundo". Añade que su mujer se llama Carmen y mantiene una conversación en español y que su paraíso se divide entre el Levante y las Islas Canarias hasta el punto de mostrarme unas fotos recientes suyas, mes de enero, en Tenerife.
"No entiendo que costando solo 500.000 marcos, 35 millones de pesetas, no haya habido ningún club español que me haya fichado. Ahora me he comprometido con el Bayern dos años más, pero no he firmado. Dentro de dos años costaré aún menos, 300.000 marcos, 21 millones de sus pesetas. Tengo 34 años, entonces tendría 36, pero ni ahora ni entonces iría a España por dinero. Iría por aportar mi experiencia internacional y enseñar a los porteros jóvenes. Ya he ganado suficiente dinero".
Y el colmo de la entrevista llegó cuando le pregunto por el Real Madrid a tres días de enfrentarse. "Para mí es el mejor equipo del mundo, aunque yo sea jugador del Bayern". Vista su predisposición y su euforia con todo lo español me atreví incluso a insinuarle en voz baja que si quería posar con una camiseta del club blanco, y ni corto ni perezoso se la puso. Abrió los brazos como ahora hace Bellingham y señaló el escudo al que solo faltó besar.
Fiesta de carnaval y presidente al agua
De abril del 87 a febrero del 88. Dos temporadas consecutivas. De semifinales con triunfo bávaro a cuartos de final con victoria madridista. El Bayern vuelve a ofrecer a los dos enviados especiales todo tipo de facilidades para realizar nuestro trabajo. Pero lo que no nos podíamos esperar era que el martes de carnaval, 16 de febrero, los jugadores del Bayern saltasen al entrenamientos ataviados como si fueran a una fiesta propia del momento. Sí nos extraña en ese instante que, en lugar de entrenarse en el campo más cercano al edificio de la ciudad deportiva de Sabener Strasse, se vayan al más alejado. Juan Manuel Bueno, mi compañero, tira de objetivo y no da crédito a lo que ve: Matthaus, con una máscara de maquillaje perfecta; Pfluger, con un gorro con orejas que dan palmas; Augenthaler, con medio rostro pintado en blanco y otro medio en rojo; Kogl, con otro gorro; Pfaff, con peluca y las caras pintadas como guerreros...
Nos dicen los aficionados y los empleados de club que lo que estamos viendo es una tradición y que todos los años los jugadores tienen algún guiño al carnaval en los entrenamientos... Además de acudir a las muchas fiestas de disfraces que se celebran en la capital. La primera comenzó muy pronto, justo después de haber sudado las pinturas. Era el cumpleaños del presidente Frtiz Scherer y, además, la entidad siempre ofrecía el martes de carnaval una comida a sus empleados. Doble motivo de celebración. Las salchichas están aparcadas por kilos en la puerta del vestuario y las cervezas por cajas.
Nos invitaron a quedarnos a la fiesta, aunque nos pidieron que no hiciéramos fotos. Evidentemente, nuestra intención era obedecer, pero de repente vemos cómo el capitán Augenthaler coge por el brazo al presidente y se lo lleva hacia las zonas de agua con la disculpa de decirle que la piscina se había quedado muy pequeña y había que agrandarla. Inmediatamente, un empujón acaba con Fritz Scherer en el agua y los jugadores pidiendo a mi compañero que hiciera las fotos... Como para llevar la contraria a los 'jefes' del vestuario: Brehme, Matthaus, Pfaff, Pfluger... Pero había más víctimas en el horizonte. Por momentos pensé que íbamos a ser nosotros, "los españoles del Madrid" como nos llamaban por allí después del segundo año consecutivo.

El objetivo fue el entrenador. Aprovecharon que Heynckes entró un momento en su despacho y los que no dejaban salir del agua al presidente habían colocado un mueble pesado en la puerta de la habitación del técnico y empujando todos a un tiempo no permitían que ni siquiera pudiese abrir un centímetro la puerta. Al final, como las únicas fotos de la fiesta eran las del fotógrafo "español del Real Madrid" todos querían tenerlas. Entonces, firmamos el 'pacto de Sabener Strasse". Fotos para el club y para Marca, que era quien nos había mandado hasta allí.
La bronca a Pfaff, la nevada y la profecía de Hugo
Pero esa eliminatoria encerraba todavía varias sorpresas. Leo Beenhakker, el entrenador del Real Madrid, fue a presenciar en directo el partido Copa del Bayern contra el Nuremberg y, como los "españoles del Madrid" estábamos por allí, nos pegamos a él. Antes del partido, en el palco de honor, el técnico coincide con Jean Marie Pfaff y se saludan amigablemente. Holandés y belga, primos hermanos. Se sientan y, al reconocerme, el portero me invita a acompañarles. Leo hace de intérprete. Me quiere contar que había tenido muchos problemas con el club y con los patrocinadores por la foto que se había hecho el año anterior con la camiseta del Real Madrid. "Adidas y Commodore me querían matar por ponerme Hummel y Parmalat. La carcajada fue generalizada... Y al segundo me dice que no pasó nada grave, que estaba todo olvidado y que si quería este año también habla conmigo. Lo hicimos.
El partido de ida de esos cuartos se jugó en el Olímpico de Múnich (2 de marzo de 1988). Durante toda la semana había nevado de forma intensiva. La ciudad era un manto blanco y el césped del estadio no podía tener otro color en el entrenamiento de víspera. Entonces, los periodistas podían bajar el césped a presenciar la puesta a punto e, incluso, para hablar con los jugadores si era menester. Me acerqué a Hugo Sánchez. "Llevo cuatro capas de camisetas más el chubasquero, la sudadera, el gorro, los guantes. Nunca he jugado en un campo así. En mi país no se jugaría, pero aquí parece que están todos acostumbrados". Le digo que el Olímpico tiene debajo del césped unos radiadores de calor que ocupan todas las dimensiones del campo y que al día siguiente solo vería nieve sobre la pista de atletismo y pegada a las gradas".
Me miró con cara de incredulidad y se fue hacia una de las porterías. "Aquí voy a marcar un gol de falta directa. Ya sé dónde voy a tirarla. Será por sorpresa...". Según terminaba la frase, Butragueño pasa delante nuestro y gasta una broma al mexicano: "Pues si marcas tú, tendré que marcar yo también". Dicho y hecho. Así fue. 24 horas después con 3-0 para el Bayern, la eliminatoria prácticamente sentenciada, con el césped ya blanco otra vez porque no había dejado de nevar en todo el partido, aparecieron ellos. El orden no fue el convenido. Marcó antes el Buitre, el 3-1, aprovechando un regalo de la defensa bávara. El de Hugo llegó dos minutos después. Falta a Butragueño en el lateral del área. Ni siquiera era central. Lo normal, por su posición, era un centro, no un remate. Dos 'rojos' en la barrera. Sánchez pide el balón y monta toda la ceremonia para el remate directo. Desde el palco de Prensa se ve imposible sorprender desde ahí a un portero como Pfaff, pero Hugo había prometido marcar de falta en esa portería y, posiblemente, esa era su última oportunidad. Sabía perfectamente lo que iba a hacer. Golpeo raso, potente, para que el balón multiplicase su velocidad con el hielo del césped... Directo a puerta. El esférico pasa por debajo del cuerpo del portero y acaba en la red. Entra llorando.
¡A ver quien aguanta ahora a Hugo en el avión! Fue lo primero que pensé mientras intentaba apuntillar la crónica con unos dedos que ya eran lápices de hielo.
La apuesta por Geremi y la pedorreta de Del Bosque
Siglo nuevo. El XXI. Los periodistas, entonces estaba en ABC, todavía viajábamos en el avión de los equipos. Posibilidad de acercarte a los protagonistas para cambiar impresiones para el día siguiente. Lo que los deportivos llamamos "escribir una resaca". Ese partido en el Olímpico de Múnich era el séptimo del Real Madrid. Nunca había ganado. Esa vez tampoco. Estuvo cerca. Los de Del Bosque se habían adelantado en el marcador con un gol de Geremi y la remontada del Bayern no llegó hasta los últimos diez minutos.
Precisamente la presencia del camerunés fue la gran sorpresa de la alineación blanca. Ni Guti ni Morientes en el once titular. Geremi por delante de Míchel Salgado ante la ausencia de Figo. "Para frenar a Lizarazu", pensé nada más ver la alineación. Así era. Pero lo que no entraba en el guion era que fuera Geremi, con una osadía impropia de un jugador que no es titular, quien se sacara de su pie izquierdo un remate impresionante que adelantó a su equipo en el marcador y a punto estuvo de ser el sello de la primera victoria blanca en Múnich.
Nada más terminar el partido, en el avión, el único objetivo era saber por qué había jugado Geremi. En la conferencia de Prensa, el técnico había dado alguna explicación, pero vaga, sin querer explicar mucho las razones. En cuanto las luces de la cabina me lo permitieron, me fui a por Del Bosque.
"Don Vicente, perdone que le moleste. ¿Cuándo decidió que Geremi tenía que ser titular ante el Bayern?".
Se quitó las gafas y miró de reojo a Toni Grande.
"El lunes ya lo teníamos decidido. Analizando nuestros últimos partidos, cuando no está Figo no terminamos de llegar bien en profundidad por la banda derecha. Sobre todo en ataque. Makelele no llega del todo a la banda y el Bayern jugaba por ahí con dos hombres. Nos preocupaba Lizarazu. Sí, le sacamos por precaución o prevención, pensamos que era lo mejor. Parece que hemos cometido un pecado ¿Qué pasa? ¿Cuántas veces habíamos ganado 0-4 en Múnich? Habíamos perdido siempre y no era tan grave tomar alguna precaución, ¿no? Además, para el juego aéreo también era un jugador importante, que podía echar una mano en esa faceta y de hecho la echó.
"¿Qué pensó cuando Geremi metió el gol?", le seguí preguntando.
"Nada, ¿qué voy a pensar? Me han preguntado que si hubiera hecho una pedorreta si hubiéramos ganado con Geremi y con César... Yo no tengo que hacer nada a nadie. Yo sólo pienso en lo mejor para el Real Madrid y en hacer el equipo más equilibrado. Y el que saqué fue el que más me lo parecía para ese partido. ¿Sabe qué pasa? Que ustedes tienen sentenciado a Geremi y el jugador está acojonado. No sabe qué hacer cuando tiene el balón, se da cuenta de que no le quieren... y ahí le tienen con su selección, es el líder y no juega con ese miedo", zanjó.
Era otro periodismo. Más cercano. Los Bayern-Madrid tienen un libro por publicar.