SEGUNDA RFEF

Suzuki Taito, el nieto del general japonés que quiere hacer grande al Sant Andreu: "No he venido a ganar dinero"

El empresario nipón quiere devolver el club barcelonés al fútbol profesional.

Taito en la Boqueria. /RELEVO
Taito en la Boqueria. RELEVO
Lu Martin

Lu Martin

Suzuki Taito llega súper puntual a la cita, en el corazón de las Ramblas, en el barcelonés mercado de la Boqueria. "Nunca había estado aquí", confiesa sorprendido de lo que ve, y se ríe al escuchar que el lugar ha cambiado mucho de un tiempo a esta parte, convertido en una muy cutre atracción turística para guiris. "Bueno, ¡yo también soy guiri!", le dice a Tomeu Ferran, que empezó siendo su traductor en las reuniones con el Mallorca y ya es mucho más. De hecho, es el principal culpable de que Suzuki Taito (Shizuoka, Japón, 1978) sea, a día de hoy, propietario del Sant Andreu, del grupo III de Segunda RFEF, y de que el pasado domingo presidiera el trascendental duelo en el Narcís Sala de los andreuencs ante el líder, el CE Europa. El derbi de Barcelona, entre segundo y primero, que terminó con empate a uno y deja todo abierto de cara a lo que queda de liga. El lunes, Taito ya estaba de vuelta a Japón.

Fue Tomeu Ferran quien puso en la pista al propietario, presidente y director general de Taica Corporation, de la posibilidad de comprar el popular equipo cuatribarrado. Todo empezó casi por casualidad. Taito había decidido contratar a un entrenador profesional con la idea de mejorar el nivel del equipo de fútbol sala de la compañía, formado por trabajadores de la empresa. Al técnico, Taro, le pareció bien participar en un torneo muy famoso que se disputa en Mallorca por Semana Santa y al presidente de la compañía, que ya esponsorizaba al club bermellón, se le ocurrió llamar a la entidad con la idea de organizar una cita con Take Kubo, que por entonces jugaba en el equipo insular.

"Mi sorpresa fue que en el club no tenían ni idea de la existencia del torneo", se ríe mientras se sirve un agua sin gas. Pero finalmente los chavales del equipo de fútbol sala conocieron al futbolista profesional. Y allí apareció Tomeu, que gestionaba la visita de aquel equipo, un joven nacido en Sabadell, pero que ha vivido desde niño en Japón con sus padres y sus diez hermanos (la de Tomeu es una historia digna de ser contada, por cierto). Desde entonces, se convirtió en nexo de unión entre el Mallorca y la empresa japonesa que le patrocina y, al tiempo, en algo más que un traductor del empresario nipón, con el que se entiende a la perfección, y no solo por el dominio del idioma.

De hecho, no parece difícil entenderse con el dueño del Sant Andreu, que a la media hora de estar comiendo en el Kiosko Universal, un referente culinario de la Boqueria, ya bromeaba con Jose, uno de los camareros, socio del Europa. Podría ser un turista más, de no ser porque además de ser el dueño del Sant Andreu es el propietario -tercera generación- de una empresa en la que trabajan más de 1.200 empleados, que fabrica desde productos de belleza y salud, material de impresión 3D o artículos de silicona, por ejemplo, para rebajar los impactos en calzados deportivos, con sedes en Japón, Estados Unidos China y Camboya.

Taito junto a Jose, del Europa.
Taito junto a Jose, del Europa.

La fábrica la levantó su abuelo, el hombre que, según reconoce, más le ha marcado. General del ejército japonés -lo era con 20 años y lideraba a 200 soldados- hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, fundó una empresa dedicada a quitarle las hojas a las naranjas. "Era un hombre de firmes valores, muy recto, un militar de los de antes", admite. "Siempre decía que debía servir para ganarnos la vida pero también, para devolver a los demás lo que nos daba".

Recuerda emocionado la última vez que le vio, ya moribundo, en la cama del hospital: "Yo tenía que viajar a China por negocios y fui a verle. Me dijo que sabía que tenía trabajo allí y me pidió que si él moría, que no volviera al entierro, que no perdiera el tiempo, que él ya no me necesitaba, pero los demás si me necesitaban. Y lloró, creo que sabía que no me volvería a ver". Le hizo caso, claro, no volvió de China para el sepelio.

Será por esa enseñanza de compartir las cosas buenas que te da la vida que decidió invertir en Camboya parte de los beneficios que le genera la fiscalidad de fabricar allí. Lo hizo como agradecimiento a las autoridades y, sobre todo, a los empleados, por su compromiso y esfuerzo. Por eso, empezó con modestas donaciones -bolígrafos para escuelas de la zona-, luego financió pequeños campos de fútbol, tipo Cruyff Courts, que construye de acuerdo con el gobierno –ya van siete campos "muy bien hechos, no cualquier cosa", aclara- instalados en zonas muy pobres con el convencimiento de que el deporte es un buen camino para que la juventud esquive la delincuencia: "Está comprobadísimo que si tú les das la oportunidad de practicar deporte, lo aprovechan. Es algo natural", dice.

Cuenta que para viajar de Japón a Camboya no hay muy buenas combinaciones, así que cada vez que va tiene que estar ahí por lo menos dos días, pasar dos noches, por lo que con frecuencia tiene bastante tiempo libre. Resulta evidente, no es necesario conocerle demasiado, que al dueño del Sant Andreu la cabeza no le deja de maquinar, así que empezó a darle vueltas a un tema que le preocupaba: "¿Y si un día, por lo que sea, he de cerrar la fábrica en Camboya? ¿Qué pasará con los trabajadores?". ¿Qué hizo? Fundó una empresa de restauración, una franquicia de restaurantes de Udon: ya tiene cinco y el terreno para la sexta. Eso le da la seguridad de que esos trabajadores tendrán una alternativa a la empresa original.

También ha convencido a la dirección del Shimizu S-Pulse, el equipo que esponsoriza en Japón, para que done el mismo número de balones que goles marque el equipo a final de temporada, para que los niños, además de campos donde jugar, tengan buen material con el que hacerlo. "Mi idea es implicarme siempre con el territorio, como me enseñó mi abuelo. Nunca imaginé que siendo una empresa de componentes acabaría teniendo una de restauración, pero bueno". ¿Y un club de fútbol?: "¡Nooooo! Aun menos! Ni se me pasaba por la cabeza. Hace cinco años ni me lo podía imaginar. Yo de pequeño, lo que quería ser era... ¡Presidente del Japón!", se ríe.

Pero eso de dejar algo bueno allí donde está es, en verdad, lo que quiere hacer con el Sant Andreu. "No he venido a ganar dinero. No estoy en el fútbol para eso", dice desde el primer día. Normal, no es el Sant Andreu un buen lugar para hacerlo. Más que hacer negocio con el fútbol lo que busca son oportunidades derivadas. "El fútbol es un mundo demasiado complicado y tengo claro que si la mentalidad es esa, ganar dinero sería difícil. Pero si a partir del equipo podemos crear algo para el barrio y para Barcelona, lo conseguiremos".

Empresario de éxito, sabe que por las particularidades intrínsecas del deporte, resulta muy difícil extrapolar la gestión empresarial pura y dura al ámbito de un club deportivo. "Es muy complicado, las variables son muy importantes. Por ejemplo, tienes la pelota, que no siempre va donde el delantero quiere, y la pasión que envuelve todo. Sería más fácil, pero, claro, ¡si le quitas eso, ya no es fútbol!", razona. Lo que tiene claro es que hay que hacer un esfuerzo, por el bien del club, de gestionar coherentemente las cuentas, de manera equilibrada, para que la entidad pueda funcionar". El reto es "hacer realidad el sueño por el que lleva mucha gente sufriendo desde hace muchos años, que es ver al Sant Andreu de nuevo en la élite".

Cree que a un empresario como él, vincular su nombre con el fútbol europeo le puede aportar un prestigio que le haga reconocible en la región donde está, si lo que aporta es bueno y lo hace bien. Admite que el sentimiento de pertenencia al barrio que subyace en un club como el Sant Andreu le motiva, porque en Japón, aunque existe, no es tan grande como lo percibe cada vez que pisa el Narcís Sala. Eso es, probablemente, lo que más le gusta de su equipo: "Somos una afición muy pasional y el equipo se desvive por devolverle a la gente ese sentimiento, son jugadores que no fingen, que sienten los colores de verdad", explica.

Será por eso que se está moviendo mucho a nivel institucional para conseguir, por ejemplo, una solución al problema que supondría subir de categoría, ya que estarían obligados a plantar césped natural, los equipos de categorías formativas necesitarán un lugar donde entrenar: "Lo solucionaremos, seguro. Lo que está claro es que el Sant Andreu no se irá del Narcís Sala", asegura. Cree, sincero, que el hecho de ser japonés le da una ventaja: "Es como un reclamo añadido, llama la atención que un empresario extranjero se haya interesado por un equipo histórico, que quiera ayudar a su proyección", confiesa.

A Suzuki Taito le gusta mucho el fútbol, desde muy joven. Es de Shizuoka, en la zona de Shimizu, donde más tradición futbolística hay en toda la isla, una zona que, según explica, es considerada "el Brasil del Japón". De hecho, jugaba de delantero y no lo hacía mal. Dicen que le pega muy bien al cuero, seco y duro. "Era una especie de Drogba, pero en japonés", se ríe. Aunque a él, lo que le despertó su pasión por el fútbol fue el Milán de Sacchi, la época de Van Basten, Gullit y Rijkaard. De hecho, en su juventud, a Japón apenas llegaban imágenes de la liga española, que descubrió con Rivaldo y Ronaldinho. Dicen los que le conocen que solo hay una cosa que le guste más que echar un partidito con los amigos: marcarse retos, superarlos, innovar con sus empresas, superar sus propias expectativas.

En Barcelona, además del Sant Andreu, lo que ha descubierto es una "ciudad tranquila, muy confortable. Comparada con Tokio, es un lugar mucho más humano, más orgánico. En Japón todo va muy rápido, aquí la vida es más pausada". Cree, también, que la gente es muy empática, y eso le gusta. Y desde el pasado jueves, también ha descubierto el mercado de la Boqueria, donde entró como un guiri más y salió un poco más barcelonés, que por algo siente muy suyo al Sant Andreu. Tan suyo... que es suyo.