La última lección de Piti Hurtado no se enseña en la universidad: el arte de parar una broma a tiempo en televisión

Diez triples. Ese era el reto que Piti Hurtado, entrenador y analista, proponía a España para el primer partido en estos Juegos Olímpicos. Venía la selección de una orgía triplista contra Puerto Rico y Piti vio ahí algo que merecía la pena: si el equipo no tiene la contundencia interior de versiones anteriores ni la velocidad para ir de aro a aro arrasando con todo, habrá que confiar la suerte al lanzamiento exterior. Incluso sabiendo que no siempre van a entrar porque, como dice el viejo refrán del baloncesto: "Quien a triple mata, a triple muere". Salvo que seas los Golden State Warriors.
El "premio" que estableció Piti para esos diez triples fue un pincho de tortilla de calabacín y ese comentario, ese tuit improvisado, le sirvió para dar entrada a una especie de subtrama en el España-Australia, una suerte de puesta en escena. Un mal comentarista habría hecho de su ocurrencia categoría, pero Piti supo pararlo ahí -como también supo Fernando Ruiz, absolutamente impecable en sus narraciones para Eurosport- y no llevarlo más lejos. Es lo que le diferencia de muchos otros aprendices de Andrés Montes.
Porque lo cierto es que buena parte del panorama de la narración televisiva de baloncesto se ciñe a querer repetir lo que Andrés Montes y Antoni Daimielhacían veinticinco, casi treinta años atrás, y que el añorado locutor ya había convertido en su marca personal cuando retransmitía los partidos de Real Madrid o Barcelona en las Copas de Europa para Antena 3, con José María García dándoles paso a él y a Siro López en cualquiera de esas canchas del Pacto de Varsovia, con su sonido imposible y su súper cinco estrellas.
No hace falta aclarar que es un error. Cada uno ha de distinguirse por sí mismo, sin necesidad de copiar a nadie. Piti lo sabe. Piti es capaz de engancharte con la tortilla y luego dejar la tortilla en su sitio, es decir, en la nevera, y que no veas calabacines volando en cada lanzamiento de tres puntos. Piti sabe cuándo es tiempo para el entretenimiento y cuándo para la explicación. Cuándo conviene el chiste y cuándo hay que centrarse por completo en el partido. Piti es un pedagogo maravilloso porque te explica todo lo que pasa sin abrumarte, herencia de sus años y años de montaje de vídeos en la página de la ACB y similares.
La distancia necesaria
Y así, España llegó a los diez triples contra Australia y los superó, pero los comentaristas supieron no estirar la broma y ceñirse a lo que pasaba en la cancha. Con el cariño que siempre se tiene a "los nuestros", pero sin alardes ni compadreos, ni familias innecesarias. Sabiendo detectar los errores, incluso desesperándose por ellos, pero poniendo esa distancia necesaria entre el que está en la cabina narrando y el que está en el sofá de su casa eufórico o iracundo. Al toque didáctico que marca la diferencia, se le une un amor al juego infinito, que se demuestra sin gritos ni excesos, mucho más cuando Gonzalo Vázquez entra en la ecuación.
Tal vez por eso, por el empeño calculado en no insistir en la broma, el pincho de tortilla de calabacín estuvo presente en la cabeza de todos los espectadores cada vez que entraba un triple de Aldama o de Llull o de Abrines o de Pradilla. Hasta once anotó España contra Grecia solo en la primera parte y aguzábamos el oído a ver si Piti soltaba el chiste, a ver si tiraba de nuevo el anzuelo al mar ahora que todos estábamos dispuestos a morder después del sofocón del sábado.
Pero no. Piti no hizo esa concesión porque Piti, en general, no hace concesiones. Parece que sí, pero no, y eso es bueno. Porque el analista puede parecer tu colega, puede parecer un aficionado medio y puede parecer un forofo empedernido, pero no debe ser ninguna de esas cosas. El comentarista, especialmente el comentarista de un deporte en el que pasan tantísimas cosas en cada segundo como es el baloncesto, debe poner orden a lo que estamos viendo y buscarle causas y consecuencias.
Lo que uno vale por lo que calla
Eso no quiere decir que Piti no tenga sus filias y sus fobias. Contra Grecia se vio, tal vez, un exceso de celo hacia los árbitros, que no le gustaron desde el inicio. Contrastaban sus comentarios sarcásticos hacia el panameño con una admiración rendida por todos los jugadores que hacen las pequeñas cosas que nadie parece advertir. Precisamente, porque justifican su trabajo. Mientras no se haga desde el partidismo -y no se hace, lo que desespera a Piti es puramente objetivo: que el árbitro se convierta en protagonista de una película en la que es mero operador-, se puede perdonar.
Luego están los silencios. El comentarista molesta por lo que dice de más y rara vez por lo que dice de menos. Hurtado, habitual de las redes sociales y por lo tanto de los linchamientos gratuitos, se ha acostumbrado a verlo todo desde la distancia. Cuando al principio de su carrera, a Ricky Rubio se le masacraba por no tirar de lejos, por no anotar todo lo que hacía un, pongamos, Sergio Rodríguez, Piti montaba un vídeo de cuatro minutos explicando por qué Rubio había sido la clave del triunfo de la selección española o, en el peor de los casos, excusaba su participación en las derrotas.
Por eso pone distancia en algunos fallos obvios. A los linchadores, eso les desespera, pero los que tenemos cierta edad lo agradecemos. Podría criticar a Garuba por sus lagunas enormes, a Hernangómez por sus manos blandas o a Brown por su empeño en amasar el balón y forzar unas continuaciones que llevan a contraataques ajenos, pero para eso ya está Twitter. Aparte, qué mal queda un comentarista cuando saca una conclusión precipitada que se pierde en el siguiente partido.
Y eso, en buena parte, fue lo que definió el segundo encuentro de España en la liguilla: el desmantelamiento de las conclusiones precipitadas contra Australia. Sufriendo, claro, porque este equipo da lo que tiene, pero lo que tiene no es demasiado y tampoco debería ser tan grave decirlo. Compiten como animales, eso sí. Con hambre después de tantos éxitos que no sacian. El pase a cuartos no está aún garantizado, pero queda algo más cerca. Y eso no es motivo de euforia, pero sí de una media sonrisa de alivio.
Y un pinchito.