Dos líneas que explican el récord imposible y 'tramposo' de la natación que nadie puede batir
Lukas Maertens consiguió el oro en los 400 libre, lejos de una plusmarca conseguida por Biwer.

El rugido del Centro Acuático de La Defense era ensordecedor mientras ocho hombres luchaban contra un récord imposible. Porque para conseguir batir la marca del alemán Paul Biedermann en los 400 libre, esos 3:40.07 conseguidos en la época del poliuretano (algo así como la del plomo), hay que sobrevivir a las emociones, mucho más importante que saber competir y nadar más rápido que nadie, porque los nadadores no son pilotos automáticos, sino que se dejan llevar por lo que sienten. Y el alemán Lukas Maertens, el hombre que se quedó a tan solo 26 centésimas de este récord en 2024, fue una nueva víctima. Como Sun Yang o Samuel Short, esta vez sin medalla en la final de los Juegos Olímpicos de París.

Maertens salió como un torpedo, marcando parciales de 50 metros de 27.17 en el segundo 50, después se instaló en 28 segundos cortos, lo que le permitió nadar hasta 02:52 segundos por debajo de la marca de Biedermann. La línea en la televisión era meridiana. "Lo va a batir". Los espectadores enloquecían por el salvaje ritmo de la prueba, donde hasta cinco de los finalistas nadaban por debajo del récord mundial. Un espejismo, un truco de magia. Un cebo para mantener un ritmo alto y constante pero para sucumbir en el último 100. Porque finalmente Maertens marcó 3:41.78. Un mundo por detrás del récord de Biedermann. ¿Cómo es esto posible?
El récord de Biedermann es el más longevo de la natación, conseguido en los Mundiales de Roma de 2009, cuando cayeron hasta 43 récords mundiales en ocho días de lujuria y de 'trampas', porque cuando finalizó ese año se prohibieron bañadores con ese material y de cuerpo entero, que deslizaban, te mantenían a flote.
🇩🇪 Lukas MAERTENS first #Swimming olympic champion at #Paris2024 in the 400m Free in a time of 3:41.78 pic.twitter.com/PZqWPAEqAI
— World Aquatics (@WorldAquatics) July 27, 2024
Estos bañadores, que costaban no menos de 500 euros, eran muy difíciles de poner. Los nadadores necesitaban ayuda porque estaban muy ceñidos al cuerpo, y por el material del que estaban hechos ofrecían menos resistencia al agua. Por eso mismo, nadar era mucho más fácil, especialmente en distancias de fondo o intermedias, y en esa última parte de la prueba en la que el nadador llega menos fatigado al emplear menos esfuerzo y puede centrarse en aumentar el ritmo.
La magnitud de la prueba es que Maertens nadó los primeros 250 metros dos segundos más rápido que Biedermann y acabó 01:71 por detrás, por lo que el ya retirado nadador le metió casi cuatro segundos en apenas 150 metros. Una barbaridad. Biedermann nadó el último 100 en 52.90, mientras que Maertens se quedó en 56.52. La línea del récord del mundo se fue alejando y, en el último viraje, ya era una misión imposible. Le acompañaron en el podio el australiano Elijah Winnington y el coreano Wommin Kim. Cuando Maertens desfallecía, Biedermann crecía más y más. La historia de siempre en el récord imposible que nadie puede batir.