OPINIÓN

Ver este Nadal-Djokovic es como llevar flores a la tumba de tu abuelo

Rafael Nadal se lamenta durante el partido ante Djokovic en los Juegos Olímpicos de París 2024. /Reuters
Rafael Nadal se lamenta durante el partido ante Djokovic en los Juegos Olímpicos de París 2024. Reuters

Hace ya algunos años, en enero de 2017 concretamente, bajaba caminando por la orilla del río Yarra en Melbourne junto al periodista Rafael Plaza. Estaba a punto de arrancar el Open de Australia, hacía sol y un calor insoportable. No teníamos grandes esperanzas en Rafael Nadal aquel año, porque venía de una segunda mitad de 2016 extremadamente complicada, ni en Roger Federer, que ni siquiera había competido desde Wimbledon. "¿Te imaginas que llegan a la final?", pensé en alto. "Si llegan, escribo un libro", me contestó. Yo pensaba que lo decía en broma.

Un año y unos meses después, estaba en la Ciudad de la Raqueta en la presentación del libro "Rafa & Roger" que había escrito Rafa (Plaza, no Nadal) con Antonio Arenas. Hay gente que cumple su palabra. Siempre me acuerdo de aquel verano australiano porque fue cuando me prometí a mí mismo que no volvería a dudar nunca, jamás de los jamases, de Rafael Nadal.

En aquel enero de 2017 yo estaba convencido de que Nadal ya no volvería a su mejor nivel. Llevaba dos años sin levantar un Grand Slam y en su cuerpo sonaban más alarmas que en un parque de bomberos. Pero llegó a la final de Melbourne, en la que perdió con Federer en cinco sets, y no sólo eso: desde entonces ha ganado cinco Roland Garros, dos US Open y un Open de Australia. Con cada título de esos, yo me refrescaba la memoria. Acuérdate de que tú dudabas. Año tras año, título a título. Cerrándome la boca con cremallera, sepultando esos pensamientos espurios que tuve en Australia.

Este lunes me preguntaba un amigo por whatsapp: "¿Tiene alguna posibilidad?" Yo, claro, tengo la lección bien aprendida. "Si sale a la pista, es porque él cree que sí. Y si él cree, quién soy yo para dudar", le respondí. Yo pensaba que Nadal ni siquiera iba a jugar el individuales de París 2024 después del percance físico que tuvo la semana pasada en el muslo. Creía que jugar el cuadro de singles era demasiado arriesgado: porque podía tirar por la borda el dobles con Carlos Alcaraz y porque se arriesgaba a recibir una soberana paliza en segunda ronda de unos Juegos Olímpicos.

No ha podido evitar la derrota, pero al menos su fuego interno le ha ayudado a maquillar un partido que iba en la dirección de una masacre absoluta. Mediado el segundo set, Nole mandaba por 6-1 y 4-0. Al final, el marcador ha reflejado un 6-1 y 6-4. Duele ese resultado y duele ver a Nadal a merced de un Djokovic que está lejos de sus mejores tiempos. Es un puñal al corazón de los nadalistas: porque es contra el serbio, porque es tierra batida, porque es en la pista Philippe Chatrier, porque es en París. Te han entrado a robar en casa y se han llevado casi todo.

Duele, también, que el posiblemente último Rafa-Nole sea un resultado tan contundente, uno que no hace justicia a la rivalidad más extensa de la historia de tenis. Era el capítulo 60, número redondo, en el escenario que más veces les ha visto enfrentarse y, claro, uno no puede dejar de sentir un hormigueo extraño en la tripa.

Verles entrar en la pista, uno con el muslo vendado, el otro con una rodillera, los dos ya al borde de los 40 años, me generó una sensación tremenda de vacío y de orfandad. Como esas primeras veces que vas a llevar flores a la tumba de tu abuelo. Lo que fue y lo que no es. Un escalofrío por la espalda y el recuerdo de tiempos felices que no volverán.

Aunque pueda no parecerlo, lo de Nadal hoy tiene mucho mérito. Lo sencillo habría sido renunciar al individual, evitar un sonrojo con tu gran rival y centrarse en el dobles con Alcaraz. Pero volvemos a lo de siempre. Quién soy yo, quiénes somos nosotros, para dudar de Nadal.