TIRO OLÍMPICO

Una escopeta, una guitarra y un oro olímpico: España tiene un campeón que canta 'Sufre, mamón'

Alberto Fernández, oro en Tokio, atiende a Relevo en su campo de tiro para explicar los secretos de un deporte alejado del foco mediático.

Alberto Fernández en su campo de tiro, en Getafe./MICHÈLE NOVOVITCH
Alberto Fernández en su campo de tiro, en Getafe. MICHÈLE NOVOVITCH
Daniel Arribas

Daniel Arribas

Dicen que en los años cincuenta, en un suburbio al norte de Londres, un niño tímido y pelirrojo recibió un piano como regalo de sus padres. Con siete, se apuntó a clases y poco después de superar la veintena, ya era uno de los artistas más exitosos del mundo. A cientos de kilómetros de allí, en la periferia de Getafe, entre hectáreas de campo seco y carreteras sin rumbo, Alberto Fernández (Madrid, 40 años) rescata los inicios de Elton John para advertir: "Siempre digo lo mismo, hay que tener mucho cuidado con lo que se regala a un hijo".

Campeón del mundo y de Europa en varias ocasiones, Fernández tocó techo hace dos veranos, cuando logró junto a Fátima Gálvez la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Tokio. Y sus inicios, por increíble que parezca, se asemejan a los de la estrella británica. "Mi padre me regaló una escopeta con nueve años, cuando hice la primera comunión, y aquí estamos, muchos años después, con muchas medallas y toda una carrera deportiva dedicada al tiro", cuenta en su campo de entrenamiento, al sur de la capital.

Sin embargo, como siempre ocurre en deportes tan minoritarios, el clic no llegó hasta tiempo después, cuando el éxito ya era más que evidente. "Tenía 19 o 20 años, estaba trabajando de chófer y me clasifiqué para ir con el equipo nacional al Mundial de Chipre. Fuimos y gané", explica con la sencillez de quien repasa la lista de la compra. "Fue ahí cuando me di cuenta. Pensé, si me lo tomo un poco más en serio y dedico mi vida a esto, a lo mejor puedo conseguir una plaza olímpica".

Alberto Fernández, en su campo de entrenamiento, en Getafe.MICHÈLE NOVOVITCH/SAMUEL SUBIELA

Dicho y hecho. Fernández se dedicó a ello, echó horas y ese mismo año consiguió billete para Pekín 2008, sus primeros Juegos Olímpicos. "Empecé a entrenar todos los días, a ir al gimnasio y a prepararme de verdad. Ten en cuenta que hasta ese momento, el tiro era como un hobby para mí. Un deporte de fin de semana".

Pronto, todo cambió. Fernández, que ya arrasaba en España, donde el tiro, según dice, no da para vivir, ni siquiera de forma profesional, comenzó a sumar medallas internacionales y, con la ayuda de Daniel Mon, entrenador personal, y Diego Gutiérrez, coach deportivo, logró un nivel al alcance de unos pocos elegidos.

La preparación durante todo el proceso, asegura, fue la clave. "Depuramos muchísimo la técnica del disparo. El gesto, la velocidad, el tiempo que empleaba desde que cogía la escopeta hasta que llamaba al plato. En mi caso, trato de que siempre sea rápido y muy automático, ya que el objetivo es no pensar, que salga solo", explica.

Alberto Fernández reconoce que no es posible vivir del tiro en España.MICHÈLE NOVOVITCH/SAMUEL SUBIELA

Para ello, es fundamental hacer muchas repeticiones, que el cerebro esté en alerta y, sobre todo, estar tranquilo, algo para lo que, por extraño que parezca, el entrenamiento físico resulta indispensable. "La parte aeróbica ayuda muchísimo para mantener las pulsaciones bajas en los momentos de máxima tensión", sostiene. "Por eso priorizo siempre el cardio y le dedico mucho más tiempo que las pesas. Al final, la escopeta pesa entre 3,5 y 4 kilos. Levantar más de eso no nos viene bien".

Con todo listo, es hora de competir. "Me gusta levantarme tres horas antes de empezar a disparar. Me ducho, desayuno, voy al campo de tiro y comienzo a calentar. Ahí reviso la luz que hay, pruebo los filtros de las gafas, veo el esquema de los platos y, con las indicaciones de mi entrenador, me meto un poco en el papel", sostiene. "Es ahí cuando ya me pongo mis cascos y, con la música en marcha, me aíslo de todo".

Medallas a ritmo de guitarra eléctrica

No es casualidad que Fernández, tricampeón del mundo, siete medallas europeas y un oro olímpico con una escopeta sobre sus hombros, recurra a anécdotas como la de Elton John para explicar su camino. "La música ha sido una obsesión desde pequeño. En casa sonaba todo el día. Yo, cuando me quedaba solo, ponía los vinilos que tenía mi padre y me hice fanático de los grupos de los sesenta: los Beatles, los Rolling...".

Tal era la pasión que, desde 2010, ya campeón de Europa y del mundo, el madrileño toca la guitarra en Los Geiperman, banda que fundó con buenos amigos y con la que rinden tributo a Hombres G, el grupo de sus vidas. "Mi tío me llevó a ver las películas al cine cuando era un crío y me explotó la cabeza", recuerda. "Salí de allí enamorado".

Desde entonces, las canciones de David Summers y los suyos, iconos del pop nacional en los ochenta y los noventa, han copado las estanterías de un deportista que, lejos de la concentración y el silencio del foso —interrumpido únicamente con el estruendo del disparo—, disfruta como un niño sobre el escenario. "Empecé un día a tocar con mi amigo Álvaro en el parque, buscamos un batería y el primer ensayo que hicimos nos gustó tanto que organizamos un concierto en Madrid para los amigos y la familia", asegura.

Alberto Fernández explica su vínculo con la música y con Hombres G.MICHÈLE NOVOVITCH/SAMUEL SUBIELA

"Tuvimos tan buena suerte que lo reventamos. Era una sala pequeñita, para unas 200 personas, y se quedaron unas cien sin poder entrar. Fue brutal", recuerda, nostálgico. "Desde entonces, hemos crecido bastante y nos llaman de muchos sitios para tocar. Intentamos hacer uno o dos conciertos al mes. Más no puedo, porque con mis entrenamientos y competiciones no tengo tiempo".

La iniciativa, claro, llegó a oídos de la banda original y el contacto no tardó en llegar. "Siempre habíamos tenido un poco relación con ellos por algún concierto suelto, algún autógrafo, pero todo cambió con las redes sociales", reconoce Fernández. "A día de hoy tenemos una muy buena relación con ellos. ¡Incluso han tocado con nosotros! La verdad es que son unos tíos fabulosos".

Cierto es que, como a él, a muchos otros niños les picaría el gusanillo musical en aquella época. A otros tantos les regalarían una guitarra o un piano, como a Elton John. Pero pocos, muy pocos, tan solo unos elegidos, pudieron hacer una vida de ello. Él, con la escopeta que recibió con tan solo nueve años, hizo lo propio. Así lo marcan varias décadas después un sinfín de medallas deportivas y una camiseta —Bala perdida— que admite haber elegido a propósito para atender a Relevo. "Tocar en un escenario y luchar por un oro olímpico no se parecen en nada, pero ambas me hacen muy feliz. Es la leche poder hacer lo que siempre he querido", sentencia con una sonrisa.