Nadal, Iniesta, Kroos... Es peor de lo que pensaba

¿Se puede anticipar el dolor? Creo que no. Uno puede adelantarse al daño e intentar adivinar si lo que le va a venir encima va a romper su umbral. Pero resulta casi imposible predecir la magnitud del golpe. Yo soy de los que aprieta la nalga y suelta un quejido antes de que el practicante (¿se le sigue llamando practicante?) clave la inyección. Me lo imagino vestido de luces, con el ojo derecho guiñado y la lengua sacada buscando la precisión. "Relaja, que no es lo que piensas", me insiste. Y siempre tiene razón. Es peor. Me pasa también con las despedidas. A cierta edad uno comienza a familiarizarse con ellas, pero no se acostumbra. Ni a las repentinas, ni a las programadas. Porque ellas te gritan que ya eres viejo a pesar de tu juventud.
En los últimos meses, los achaques han atacado a diferentes generaciones hasta acabar con todo un país encanecido. El último estacazo lo ha dado Rafael Nadal, el deportista que se sentó al lado derecho de la historia para formar parte de la nuestra. El anuncio de su retirada me pilló en medio de una entrevista. La alerta de Relevo hizo vibrar la mesa y lo que recuerdo a continuación son movimientos a cámara lenta, voces hinchadas y un nudo en el estómago. Aunque el tenista llevaba meses despidiéndose sin decir adiós, escucharlo con su voz fue como uno de esos derechazos que te da la realidad. Dicen que ya ha nacido el ser humano que alcance los 150 años y uno tenía la esperanza de que hubiese venido al mundo en Manacor. Hoy, 10 de octubre, la vida ha gritado Out.
Asistimos a un cambio de era y tal vez no estemos tomando conciencia de ello, como tampoco lo hacemos como el movimiento de rotación de la Tierra. Ana Blanco dejó los Informativos, Woody Allen (en pie) no volverá a rodar, Federer colgó la raqueta con la misma elegancia que su revés... El tiempo nos estaba advirtiendo de que nos preparáramos. Y ahora, casi en cadena, como si estuvieran montados en vagones contiguos de un tren en marcha agitando pañuelos blancos, nos han dicho adiós Rudy Fernández, Kroos, Iniesta, Jesús Navas... Tipos que han fijado acontecimientos, amplificado nuestros recuerdos y ofrecido lecciones sobre superficies dispares.
En una época donde la realidad se encarga de destrozar los ideales y principios que escoges de joven, ellos se han encargado de reconciliar al personal con la mística, con el apego a figuras con ribetes de épica. Y lo han hecho desde lugares muy diferentes porque no hablamos de un mismo modelo de deportista. Cada uno ha atacado la gloria con diferentes artes. Sin embargo, todos han caminado de igual modo por la vida. También a la hora de comunicar la despedida. La de Nadal ha sido tan realista como conmovedora, sin convencionalismos, con palabras salidas de donde se engendra la sinceridad. De ahí el desconsuelo por la ausencia que ya habitamos.
Me imagino ahora a Rafa, como antes pensé en Rudy, Kroos, Navas o Iniesta, mirando cada objeto de la pista, observando la textura de la red, oliendo el vestuario, acariciando la raqueta. Cada vez que dejo un lugar y sé que no voy a volver llevo a cabo esa ceremonia. La mano de Máximo acariciando el trigo. El público, cuando vea su último golpe, llorará. Porque por mucho que anticipes el dolor, nunca sabes con exactitud el vacío que te va a dejar.
Es cierto que el mundo no se acaba, que mañana será viernes y que hay que seguir inventando la vida para que acabe siendo verdad. Que ya disfrutamos con los golpes de Carlos Alcaraz, que nos frotamos las manos con Hugo González, que Lamine Yamal desafía cualquier lógica, que no se acabarán las alegrías españolas en las portadas. Pero no me acostumbro a que todo exista ya de otra manera.