El gato de Fernando Alonso, las medias de los ciclistas y otras reglas absurdas del deporte
Aston Martin estuvo a punto de perder un podio este domingo por culpa de un mecánico, pero no es la primera vez que una normativa sin demasiado sentido modifica el resultado de un evento deportivo.

Yeda, Arabia Saudí, segunda prueba del Mundial de Fórmula 1. En la salida, Fernando Alonso parte con el coche ligeramente descolocado y, en las primeras vueltas, tras revisar las imágenes, la organización lo sanciona con una parada de cinco segundos en el pit lane. Poco después, el asturiano cumple el castigo y se detiene en boxes con todos sus mecánicos petrificados, sin tocar el monoplaza —lo tienen prohibido durante esos cinco segundos—. Sin embargo, la repetición desvela que un miembro de Aston Martin, el encargado de portar el gato, roza involuntariamente la parte trasera del coche durante un instante, algo que la FIA, aunque tarde y mal, no dejó sin castigo.
Con Alonso ya bañado en champán, de regreso al garaje tras subir al tercer escalón del podio, el organismo rector de la F1 informa de que el español ha sido sancionado con diez segundos en meta, por lo que, dados los tiempos de carrera, pierde la tercera plaza en beneficio de George Russell. "Es una sanción muy dura para Fernando, él y su equipo merecían el podio", lamenta el piloto de Mercedes, principal beneficiado de la modificación.
Al rato, y reforzado por ejemplos similares en los que la FIA no sancionó, el equipo Aston Martin reclama la decisión a dirección de carrera. Así, casi cuatro horas después de la bandera a cuadros, con las retransmisiones apagadas y muchos espectadores ya acostados, al menos en España, la FIA termina por aceptar la reclamación y anula la sanción al español, que vuelve a ser tercero.
Caos y despropósitos aparte, la norma, absurda para muchos, carente de sentido incluso para el propio beneficiado, incapaz de sentir desventaja alguna con su rival, es solo un ejemplo de la evolución —involución, dirán otros— del deporte, del afán regulador que en los últimos tiempos ha terminado sobreponiéndose al sentido lógico o a la ética deportiva de cada disciplina. Y casos, claro, no faltan.
Taking a closer look at that all-important pit stop 🔎#SaudiArabianGP #F1 pic.twitter.com/P9O1lnqWaN
— Formula 1 (@F1) March 19, 2023
Los calcetines de la discordia
En el ciclismo, existen varias indicaciones que, recogidas en el reglamento de la Unión Ciclista Internacional (UCI), suelen pasar desapercibidas para la mayoría de espectadores. Una de las más polémicas por su aparente falta de sentido, o al menos por la nula ventaja que otorga al infractor, es la que afecta a los calcetines de los corredores.
Sí, las medias con las que los ciclistas cubren sus piernas durante las carreras tienen que cumplir unas determinadas medidas. Así, todo corredor deberá utilizar calcetines que no sobrepasen nunca la mitad del gemelo. De lo contrario, tal y como marca la UCI, será descalificado. Aunque, como en todo, hay excepciones.
La neerlandesa Annemiek van Vleuten, mejor ciclista del mundo y vencedora el pasado año de Giro de Italia, Tour de Francia y Vuelta a España, una hazaña sin precedentes, cometió esta infracción en Wollongong (Australia), sede del Mundial de ciclismo en ruta que, como no podía ser de otra forma, también ganó en 2022.

Como se observa en la imagen superior, la ciclista del equipo Movistar, de Oranje aquel día, completó los 164 kilómetros del recorrido con las medias excesivamente altas, algo prohibido por el reglamento. Atendiendo a las normas, Miek, como la conocen sus amigos, debió ser descalificada y desposeída del triunfo final, pero la UCI salvó la papeleta con un insignificante castigo económico —200 euros— que no recoge en ningún apartado de su regulación.
La deportividad se castiga
Sin salir del ciclismo, otro ejemplo de normativa carente de lógica se vivió en el Giro de Italia masculino de 2015. Allí, el australiano Richie Porte, tercer favorito en discordia tras Alberto Contador y Fabio Aru, perdió todas sus opciones de maglia rosa tras recibir la ayuda de un rival en la décima etapa, ya por las campiñas de la Emilia-Romaña.
El de Tasmania, líder del todopoderoso Sky, sufrió un pinchazo a seis kilómetros de meta y, desesperado, pidió ayuda a todo el que pasaba por allí, presa de los nervios. Simon Clarke, también australiano, aunque corredor de otro equipo, el modesto Orica, se detuvo en el arcén y le prestó la rueda delantera a su compatriota.

Gracias a la maniobra, Porte solo perdió 47 segundos en meta con Contador, líder de la general; un tiempo importante para las opciones de triunfo final, sí, pero, a su vez, una renta salvable en la imponente contrarreloj de Treviso, donde el australiano sacaría a relucir su potencial ante el crono. Lo que no sabía, claro, es que la organización añadiría una losa de dos minutos a su tiempo en meta, pues prohíbe "cualquier asistencia entre corredores de diferentes equipos". En total, casi tres minutos perdidos y adiós a la general por un gesto de lo más deportivo.
Algo similar ocurre en el atletismo, donde, desde hace tiempo, el reglamento prohíbe que dos o más deportistas crucen la línea de meta de la mano para evitar los "empates artificiales". La decisión, además, es tajante, pues no solo anularía los resultados de los implicados, sino que los descalificaría de la competición en cuestión.
Un sinsentido que se extiende a varios deportes
Pero no todo queda ahí. Las normativas de muchas disciplinas deportivas están diseñadas de tal forma que, al aplicarlas, se analizan en exceso acciones que no suponen aparente ventaja para los deportistas y que, sin embargo, acarrean penalizaciones decisivas en el resultado final de sus pruebas.
Así, sin entrar en el fútbol, las manos y las mediciones milimétricas del VAR, en otros muchos deportes hay puntos del reglamento difíciles de entender.

En un partido de tenis, por ejemplo, los jugadores tienen que terminar el punto con todas las prendas de ropa en el mismo sitio en el que estaban cuando comenzó el punto. Si el tenista pierde alguna parte de su vestimenta durante el intercambio, el punto deberá repetirse.
Esto le sucedió en el US Open de 2012 a Andy Murray, un arduo defensor de los derechos de los tenistas por encima de cualquier reglamento. El escocés, tercero del ranking mundial y campeón de aquella edición, que le sirvió para estrenar su casillero particular de Grand Slams, comenzaba una tensa semifinal ante Thomas Berdych, número seis del mundo.
En el cuarto juego del choque, segundos antes de sellar una dejada perfecta, inalcanzable para su rival, Murray perdió la gorra por el viento infernal que azotaba la pista Artur Ashe. Berdych, conocedor del reglamento, reclamó la acción al juez de silla y el punto se repitió para alegría del checo, que terminó llevándose el primer set. Lástima para él que Murray, intachable aquel día, culminara la remontada y, en casi cuatro horas de partido, certificara su billete a la final.
Los Juegos Olímpicos no son una excepción
En la normativa de los Juegos Olímpicos, el absurdo a veces alcanza límites insospechados. En gimnasia artística, por ejemplo, las atletas tienen prohibido lucir esmalte de uñas de colores. Las deportistas podrán llevar prendas brillantes, llamativas o incluso extravagantes, acordes a sus ejercicios, pero las uñas, insignificantes a la vista del espectador e incapaces de otorgar ninguna ventaja deportiva, deberán permanecer sobre el tapiz con el color natural. Es decir, o neutro o descalificación.
No obstante, en kárate, la cosa va más allá. Lejos de centrarse únicamente en la integridad física de los participantes, los jueces han de reparar en el cabello de los karatecas, que deberá estar limpio para poder participar en cualquier combate. Sí, como lo oyen. No solo no se admitirán bandas en la cabeza, sino que los árbitros podrán descalificar a cualquier karateka si consideran que su pelo no está lo suficientemente limpio antes del combate.
Tampoco si está muy largo, norma muy similar a la que se aplica en el boxeo, donde los púgiles deberán afeitarse la barba antes de cada combate, pues, según el reglamento, "el vello facial puede esconder cortes y heridas peligrosas" que afecten al combate. Sí se permitirá, en cambio, un "bigote delgado", pero que nunca rebase la longitud del labio superior. Ejemplos, como ven, no faltan.