MCLAREN TROPHY

La experiencia más extrema: al volante del McLaren campeón, en el Jarama

Relevo conduce el Artura Trophy GT4 con el que Gonzalo de Andrés y Tommy Pintos ganaron el McLaren Trophy Europe 2023.

El McLaren Artura Trophy GT4 durante la prueba de Relevo en el Circuito de Madrid Jarama - RACE. /
El McLaren Artura Trophy GT4 durante la prueba de Relevo en el Circuito de Madrid Jarama - RACE.
Sergio Lillo

Sergio Lillo

Un rugir de motor V6 biturbo de 3.0 litros con casi 600 CV se cuela a través de las ventanillas del turismo con el que nos adentramos bajo el túnel de acceso al Circuito de Madrid Jarama - RACE. Unos metros detrás de nosotros descansan los chalets de entre 700.000 y 1 millón de euros que conforman la urbanización de Ciudalcampo, con servicio de seguridad 24 horas. El olor a gasolina se entremezcla con el aire fresco con aroma a encinar que llega hasta orillas de la A-1 desde el Soto de Viñuelas, parte del Parque Regional de la Cuenca Alta del Manzanares, que actúa de pulmón a esta orilla del río Jarama.

Resumen de la prueba del McLaren Artura Trophy GT4 en el Circuito de Madrid RACE - Jarama. Relevo/G. González

Al llegar a los garajes del mítico trazado madrileño encontramos otra serie de coches de infarto -un Porsche 993 Turbo, un Caterham Seven, un Porsche 911-, pero en el box de McLaren Barcelona SMC Motorsport nos espera una joya única en España: el McLaren Artura Trophy GT4 con el que Gonzalo de Andrés y Tommy Pintos se han proclamado campeones del McLaren Trophy Europa 2023.

En la entrada hay una serie de cascos blancos inmaculados, pero nuestros pasos se dirigen primero al camión del equipo, donde Pintos, de solo 17 años, va a ponernos sobre aviso de la 'bestia' que vamos a conducir en unos minutos. Es lo que se conoce en la jerga automovilística como briefing. La sofisticación de su botonera impacta, pero no vamos a tener que usarla, bastante tendremos con controlar el volante, acelerar, frenar y cambiar de marchas. Incluso dispone de aire acondicionado, pero el equipo decidió no utilizarlo durante la temporada debido a los caballos de potencia que obligaba a sacrificar.

Para dejarnos claro lo que vamos a tener entre manos, Pintos nos pone un ejemplo que entendemos a la primera: en el evento en el mítico Circuito de Spa-Francorchamps este McLaren llega a Les Combes, después de la recta de Kemmel, a 272 km/h, mientras que los todopoderosos GT3 (que conformarán desde el próximo enero la parrilla del Mundial de Resistencia (WEC) junto a los Hypercar y los LMP2) se quedan en 259 km/h. En cambio, en la famosa subida desde Eau Rouge, este McLaren Artura tiene que bajar una marcha para no perder agarre, mientras que sus hermanos mayores la hacen "a fondo fácil", dice el joven piloto.

Y es que al no llevar ningún tipo de brida de restricción para limitar su potencia, el Artura Trophy es un caballo que puede esprintar con todo, a rabiar, pero no es capaz de generar tanta carga aerodinámica como los GT3 en el paso por curva, donde se debe tener más finura para no hacerle perder el control.

Tres vueltas al Jarama para recordar

Ha llegado el momento de ponerse el mono, los guantes y el casco. Ya no hay vuelta atrás. Llegamos a pensar en el último instante si no sería mejor ir de copilotos y ver cómo los que han corrido durante el año en pistas de media Europa doman a esta monstruosidad mientras nosotros nos balanceamos de lado a lado, desde delante hacia atrás, sin control. Y cuando estamos a punto de abrir las puertas azul grisáceo y naranja que suben hacia arriba como las de un ave que baja en picado a por su presa... un pequeño fallo mecánico retrasa el momento unos 40 minutos más. Tal vez no sea el día.

El McLaren Artura Trophy GT4, en uno de los boxes del Circuito de Madrid Jarama - RACE.  McLaren Barcelona SMC Motorsport
El McLaren Artura Trophy GT4, en uno de los boxes del Circuito de Madrid Jarama - RACE. McLaren Barcelona SMC Motorsport

Pero los mecánicos del equipo McLaren Barcelona SMC Motorsport se ponen manos a la obra, montan el coche en los caballetes y desmontan el capó trasero para buscar al causante del inconveniente. Sin descanso, con precisión y maestría, tienen al Artura Trophy listo para volver a dar guerra y para sorprendernos durante las tres vueltas al Jarama (3,850 km cada una) que nos esperan.

Dentro del habitáculo hay poco margen de maniobra. El asiento se agarra a las piernas, el respaldo encaja perfectamente con la espalda y los cinturones, de seis anclajes, apenas nos dejan movernos escasos centímetros de nuestra posición. Distanciamos un poco más los pedales y el volante (muchísimo más pequeño que el de un coche de calle) y levantamos el dedo pulgar. Es el momento. "Por lo negro y a fondo", nos suelta Pintos antes de cerrar la puerta con una sonrisa divertida.

A fondo no vamos a ir, eso está claro. Metemos primera con la leva derecha, de carbono, y aceleramos con cuidado para encarar el carril de boxes rumbo a la curva 1. Fuera el limitador. Segunda. Tercera y primera frenada a derechas. El McLaren Artura pide cambiar de marcha a partir de las 4.500-5.000 rpm; a menos, se ríe de ti.

El primer giro sirve de toma de contacto, de buscar referencias al llegar a las curvas, de sentir qué hace este potro indomable mientras le pedimos aumentar y ralentizar el ritmo. Esta vez no hay restricción sonora en la parte más cercana a los chalets, algo habitual en el trazado madrileño, por lo que no hace falta ir más lento de lo que ya vamos en el último sector. La última curva llega sin darnos cuenta y es hora de pisar a fondo en la larga recta paralela a la A-1 en dirección Madrid. Llegamos a la primera frenada con el volante indicando 200 km/h y frenamos antes de tiempo, con otro coche saliendo de boxes a nuestra derecha.

Las siguientes curvas ratoneras, derecha, izquierda, derecha, nos encaminan al momento más espectacular de esta experiencia. Nos abrimos todo lo que podemos antes de encarar la subida al famoso puente Dunlop y aceleramos a fondo. Sentimos la vibración de los pianos blancos y azules que indican que ese es el límite antes de la hierba. Por momentos, el pequeño espacio que deja visible la luna delantera solo muestra el cielo azul de esta mañana despejada.

Apenas dura unos instantes, no llegamos a despegar, pero las sensaciones al coronar la subida son inigualables, únicas e inimitables. Cada vuelta que pasa, el Artura Trophy te da más confianza. No lograremos sacarle el jugo que a primera hora de la mañana le ha sacado Tommy Pintos, parando el reloj en 1:38, pero en la telemetría que nos pasan hay un brote verde: frenamos donde toca, aunque llegamos mucho más lentos que el joven piloto que no sueña con la F1 sino con correr las 24h de Le Mans. Lo conseguirá.

Tener que aflojar al salir de la última curva y volver al carril de boxes pone punto y final al sueño. El truco de magia se ha acabado y nos queda la sensación agridulce de haberlo disfrutado, pero de saber que no se repetirá o, al menos, no lo viviremos de la misma manera porque ya no nos volverá a sorprender como la primera vez. Es el momento de dejar descansar a la 'bestia'. Su destino es el museo Jo Ramírez de Chelsea 1979 (L'Hospitalet de Llobregat). Tal cual acabó la última carrera y se proclamó campeón, con las marcas de guerra, como las dos pedradas que tiene en la luna delantera, o todos los mosquitos que pasaron a mejor vida pegados a su carrocería.