La ciencia detrás de la hierba en el tenis y las decenas de personas que se necesitan para cuidarla
En 2002 se cambió el tipo de hierba del torneo con consecuencias palpables en el juego. Los jugadores tienen que aprender a moverse para tener éxito.

Lo que en España se entiende como primavera, no digamos ya el verano, en Londres no es una opción real. Aquí el sol remolonea y la amenaza de un aguacero es constante. Luego, es verdad, llueve menos de lo que parece, tiene una fama peor que París, por ejemplo, aunque en la capital francesa haya más días con precipitaciones al año.
En todo caso este clima del que huyen en la jubilación los locales es el principal motivo por el que estas dos semanas se pueda jugar Wimbledon. La hierba se abre paso, no es un lujo costoso y esclavo sino un componente natural del paisaje. Lo que no implica que no requiera de un cuidado intenso si se quiere que esté a punto para jugar al tenis en ella.
En la pista central se siembran 54 millones de semillas de una hierba holandesa que cambió en el año 2002 con consecuencias dramáticas para la historia del torneo. Desde esa edición la composición cambió de un 70% de lolium, un tipo de hierba que en inglés se conoce como rygrass, a un 100% de esa misma variedad.
El cambio se hizo porque así iba a ser más fácil mantener el césped, al ser una variedad algo más dura y el suelo en el que se asienta también algo más estable. El problema que afrontaban es que los jugadores son cada vez más altos y fuertes y, por lo tanto, más pesados, por lo que era conveniente darle al pasto un poco más de brío. El caso es que el cambio influyó también en el juego y el torneo pasó de ser dominado por bombardeos de saque mortal y puntos cortos a jugadores mucho más completos. La hierba siguió siendo distinta a todo, pero un poco menos distinta de lo que era antes.
Si en 1997 el sacador jugaba un 66% de saque y volea con su primer servicio, en 2002 era un 39% y en 2017 se había quedado ya en un 10%. No es únicamente una cuestión de la superficie, en duras el juego también ha evolucionado en esta vía porque los jugadores hoy restan mejor y son capaces de defenderse mejor de un buen saque. También las raquetas y los materiales de los que están hechas han ido protegiendo a los receptores. Pero, en todo caso, la hierba hace su parte.
16 personas trabajan en el césped durante todo el año, pero de abril a octubre el número se duplica. El equipo que cuida la hierba es distinto al que se dedica a las flores del recinto, un espectacular jardín inglés en el que la hiedra trepa por los muros de la pista central y hay muchas, pero muchas flores.
El jefe de todo eso se llama Martyn Falconer, es un individuo alto, de pelo corto y barba frondosa. "Llevamos todo menos la hierba en los 42 acres [17 hectáreas], todos los árboles, las plantas, somos un grupo de 20 personas a estas alturas del año para llevar todo", explica en un corrillo con los periodistas durante el torneo.
"Tenemos alrededor de 28.000 plantas y eso no incluye las petunias que veis en las cestas", explica. No incluye en su cálculo la que quizá es la flor más presente en el recinto, omnipresente en todos los caminos. Más tarde le pone también una cifra a eso, entre 9.000 y 12.000 flores más.
El nivel de detalle es extremo. Por ejemplo, al lado de las pista cinco este año ha habido novedades. "Por las fotos hemos añadido muchas naranjas doradas, para darle un tono más naranja. Es algo un poco fuera de lo que es un jardín inglés, así que aquí son flores menos conocidas", explica.

La física del bote
Volvemos a las pistas. La ciencia tiene una explicación para cada golpe del tenis, por supuesto también para la superficie y el bote de las mismas. Un artículo de Grantland explicaba hace unos años cuál es el motivo por el que hay pistas lentas, como la tierra batida, y rápidas, como sin duda es la hierba.
Es todo un problema de fricción en el bote. Al pegar la bola con el suelo el polvo de ladrillo amortigua la pelota. La bola va girando y se encuentra una superficie rugosa, cada una de las motas de esa arena hacen por frenar un poco la bola. Además, al tocar en esa superficie, el ángulo del bote cambia, por lo que la bola sale un poco más alta dando así unos instantes más de tiempo a los tenistas para atacarla.
La velocidad a la que sale la bola tras el bote en dura y hierba es esencialmente la misma según los distintos estudios. Es decir, el suelo no amortigua más en la hierba que en el cemento. Lo que pasa es que el ángulo de salida de la bola en hierba es más bajo, la bola sube menos y eso hace que la percepción de velocidad de la bola sea mayor.
Eso también explica que en Wimbledon los tenistas se pasen el partido entero agachados. La imagen icónica del tenis aquí incluye una apertura grande de piernas y las caderas lo más baja posible. La adaptación a la hierba es probablemente la más compleja para el tenista, pues implica también acostumbrarse a una manera de moverse por la pista muy peculiar, especialmente en los giros.
Lo explicaba estos días Jaume Munar después de una victoria: "Es muy difícil el moverte en temas de explosividad y colocación. Tú te puedes mover bien dos, tres bolas, no más porque lo que es muy difícil son las frenadas. Una vez te sacan de la pista es muy difícil recuperar la pista porque obviamente tardas siempre un paso más que en otra superficie. No puedes deslizar como en tierra, no puedes quedarte clavado como en rápida y para frenar del cuerpo tienes que utilizar unos pasitos extra que son esas décimas de segundo que te hacen no poder estar en el otro lado y pasa por jugártela un poquito más cuando vas en carrera".
Parte de esta explicación se puede ver fácilmente por los morrazos que se meten con frecuencia los tenistas aquí. Algunos es porque están tan acostumbrados a deslizar en tierra que llegan aquí y, casi sin darse cuenta, siguen con esa rutina. Aunque se puede deslizar también en hierba, y los más adaptados lo aprovechan, no es aconsejable hacerlo sin cambiar nada en el movimiento.
Esa dificultad la explicaba estos días el vigente campeón, Carlos Alcaraz. "Yo soy un jugador que desliza muchísimo y aquí hay jugadores que lo hacen como si fuera tierra. Yo todavía no me atrevo a ello. Eso es para mí un gran cambio, la movilidad, estar más agachado, no levantarte y estar enfocado cada paso que des", decía quien es aquí uno de los grandes favoritos para lograr el título.
Mucha hierba y muchas flores, un tenis diferente, peculiar y único. Todo eso es Wimbledon.