OPINIÓN

El tenis femenino se ha pegado un tiro en el pie: las jugadoras no se merecen esta chapuza

Aryna Sabalenka, tapada con una toalla y protegida por un paraguas durante las WTA Finals en Cancún. /REUTERS/Henry Romero
Aryna Sabalenka, tapada con una toalla y protegida por un paraguas durante las WTA Finals en Cancún. REUTERS/Henry Romero

Alguien pensó que era una buena idea esperar a principios de septiembre para elegir la sede de las WTA Finals que iban a comenzar a finales de octubre.

Alguien pensó que era una buena idea elegir como sede Cancún justo en plena temporada de huracanes en el Caribe mexicano.

Alguien pensó que, además, era una buena idea que el torneo fuera al aire libre y en un estadio que había que construir de cero en menos de dos meses.

¿Qué podía salir mal? Resumido en una palabra de cuatro letras, todo. Todo salió mal en la última semana en Cancún. El estadio se terminó unas pocas horas antes de que comenzara el torneo, la pista estaba mal construida y producía botes extraños, hubo incontables parones por la lluvia, el viento hizo que jugar fuera una odisea, la final se tuvo que retrasar un día, las gradas han estado prácticamente vacías en muchos partidos... La lista de despropósitos es interminable.

Pero el problema más grave no es el desastre organizativo en sí, que de esos hemos visto muchos y en muchos deportes, sino el hecho de que sea en un torneo como las WTA Finals. Para el que no entienda de tenis, es el evento más importante que organiza la WTA, la Asociación del Tenis Femenino, es la joya de la corona. Los cuatro Grand Slam, Australia, Roland Garros, Wimbledon y US Open, son competencia de la Federación Internacional junto a las federaciones locales, con algo de ayuda residual de la WTA y de la ATP. De ahí que estas dos últimas organizaciones centren sus esfuerzos en sus respectivos circuitos.

Y las Finals es el torneo que reúne cada año a las ocho mejores raquetas del curso. Es lo que se conocía antes como la Copa de Maestros, la guinda del pastel, el torneo que echa el telón con lo mejor de lo mejor. En el caso masculino, las ATP Finals se celebran en Turín desde 2021 (y al menos hasta 2025) tras 12 años seguidos en Londres. Con el torneo femenino la sede ha ido rotando mucho más: en ese mismo lapso ha pasado por Doha, Estambul, Shenzhen, Guadalajara, Fort Worth y ahora por último Cancún.

"Yo no sé por qué la WTA quería hacerlo en Cancún. Es una vergüenza que las ocho mejores tenistas de mundo estén jugando en estas condiciones. Para ser honesta, es terrible para nuestro deporte", ha llegado a decir la ucraniana Elina Svitolina, una voz más que autorizada en el circuito femenino pese a no estar clasificada para las Finals.

No le falta nada de razón a Svitolina: las mejores tenistas del mundo no se merecen semejante chapuza. Como si la WTA, además, tuviera margen para tropezar y echar a sus jugadoras a los leones. Inmersa en una crisis sin precedentes en las últimas décadas -ha firmado hace unos meses un millonario acuerdo con CVC como vía de salvación a corto plazo-, la asociación femenina está viendo como cada vez la brecha con la ATP es mayor. Al contrario de lo que cabría esperar en la época en la que vivimos, la diferencia ahora mismo es insalvable: en figuras, en carisma, en número de espectadores...

Hay voces como Martina Navratilova, leyenda absoluta y una de las mujeres que más han hecho por la popularidad del tenis, que creen que un cambio en el sillón de mando de la WTA puede cambiar las cosas. "Con suerte ha llegado la hora de que cuando tengamos un nuevo líder sea una mujer", decía en Cancún. Quizás allane el camino hacia una solución. Desde luego, lo que no ayuda es el esperpento de estos últimos días en México. El tenis femenino se ha pegado un tiro en el pie.